Por Carlos Castillo. Un bosque milenario, un pueblo calmo, un país en disputa y víctima de los conflictos bélicos del siglo XX: Bielorrusia, luego de dos guerras mundiales, vive un periodo de calma bajo la bandera de la entonces Unión Soviética, come de la tierra generosa y fértil, abreva de las aguas caudalosas de ríos y ve transcurrir la vida a la sombra del enorme reactor nuclear que se erige casi como único símbolo de la modernidad. Todo cambia una noche, recordada por algunos entre sueños en que las abejas huyen en bloque y sin destino, por otros que vieron partir a quienes llegaron primero a enfrentar la tragedia, por unos más que fueron expulsados de su tierra para no volver, por muchos que, evadiendo los cercos de seguridad, regresaron a las casas, a las tumbas, a las cosas que fueron las propias y de sus antepasados. El 26 de abril de 1986 un incendio en la central nuclear de Chernóbil fue el preámbulo, o el catalizador, de la caída de un sistema que prometió solucionar todo, que ofertó paraísos en la tierra, que se erigió como potencia sobre falsedades que ya en esa época no alcanzaban para seguir alentando una larga historia de esperanzas artificiales y sueños sin posibilidad de ser realidad. Las explicaciones técnicas, las razones científicas, las historias de heroísmo y gloria frente a la desgracia dieron la vuelta al mundo, construyeron una narrativa en la que, afuera de la antigua URSS, se presagiaba el final de una época, a pesar de los intentos por demostrar que nada era tan grave como semejaba; hacia adentro de las fronteras, la catástrofe que transformó para siempre la cotidianeidad de decenas de miles de seres humanos que, de pronto, no podían acercarse al moribundo porque era un foco contaminante capaz de destruir todo lo vivo que estuviera en torno a él: vidas truncadas, deformadas, torcidas ante un mal para el que el cuerpo no estaba preparado porque sus armas no se veían ni se olían, no se escuchaban ni se sentían, simplemente se instalaban en el organismo para devastarlo en cuestión de horas. La periodista Svetlana Alexiévich, ganadora del Nobel de Literatura 2015, en su obra Voces de Chernóbil. Crónica del futuro (Debate, 2015) no hace literatura: rescata la memoria de quienes aún tienen memoria, recuerdos añejos para hablar de lo que fue aquella ocasión. Así, entrevista, visita, ahonda el pasado para no dejar que se extinga y mostrar al mundo que más allá de cualquier verdad oficial, hay testimonios que merecen trascender, quizá, sí, por su cercanía con el accidente nuclear, pero también, y sobre todo, por el modo en que un hecho tan inmenso y crudo es capaz de transformar para siempre la existencia particular, el día a día, la vida que apenas empieza o aquella que se aferra a los últimos trozos de presente que quedan tras los años. No hay literatura porque la realidad desborda cualquier intento de fantasía. Tampoco prevalece la técnica creativa porque cada palabra y cada remembranza son por sí mismos expresión de un relato que no termina de escribirse, que se proyecta hacia el futuro –como la mejor tradición novelística– y deja abierta una puerta de incertidumbre y duda, de cuestionamientos acerca de hasta dónde puede llegar la actividad humana, en qué momento lo que hacemos nos rebasa a tal grado que cualquier falla puede terminar en la más absoluta de las desgracias. La tragedia en sus rasgos más íntimos y profundos que, al igual que ese género literario, toma la forma de monólogos que, al final de cada capítulo, reciben la respuesta de un coro donde lo individual se inserta en lo colectivo para mostrar al mundo que el drama de una sola existencia es la pena de toda la humanidad, ocurra ésta lejos o cerca, sea escondida o velada: hay verdades tan crudas y expresiones que producen tal dolor que ni toneladas de concreto, ni retenes militares, ni obstáculos a la prensa pueden acallar. Y esa suma de realidades que conforma la gran verdad es lo que reúne Alexiévich, arrancando de la secrecía y el silencio, rescatando aquello que, de otro modo, más pronto que tarde terminaría en la nada. El Nobel por su obra es una deuda de la Academia sueca con el periodismo que, más allá de la anécdota –y contario al llamado new journalism norteamericano– es capaz de proyectarse como una forma de memoria histórica, no por su morbo o su parloteo sino, al contrario, por su capacidad de completar aquellos vacíos que el poder, los gobiernos o la razón que sea, buscan mantener en secreto hasta que la muerte termine por transformarlos en olvido. Premio, pues, de sobra merecido más allá de la propia autora: reconocimiento a quienes con su sacrificio le dieron esperanza a la humanidad.