Visibilizar la injusticia, señalar su existencia y sus manifestaciones, resistir frente a su avance desde las ideas, desde la palabra, desde la voz: reflexiones que dan voz a quienes padecen la condición de desposeídos, de marginadas, de acallados o relegadas del espacio público…

El pensamiento en torno a la resistencia ofrece un abanico de representantes a lo largo de la historia que toma su forma más clara a partir de la aparición de los llamados “derechos del hombre”, porque ello marca el instante en que los seres humanos se reconocen poseedores de una individualidad que no puede ser sometida, avasallada o vulnerada ni por otra persona ni por otro grupo de personas ni por el propio Estado, iglesia, credo o ideología.

Y es un año después de esa Declaración universal que Olympe de Gouges llama a visibilizar una exclusión, a señalar una omisión y a resistir frente a un atropello: las mujeres habían quedado fuera de ese nuevo orden, el de los derechos del hombre, a los que esta filósofa exige y aporta su propia visión, su propia experiencia de ser-en-el-mundo, a través de su Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana.

El año 1790 marca así un punto de partida que ha llevado a que, de manera persistente y continua, las mujeres ocupen en una medida creciente el espacio público, exigiendo su lugar, denunciando los mecanismos y las formas de exclusión, alzando la voz contra las múltiples manifestaciones en que las diversas formas de violencia se ensañan contra la mitad de la humanidad, participando en la construcción de una sociedad más paritaria, reflexionando sobre un movimiento –el feminismo, los feminismos– a partir de una variedad de teorías académicas de gran calado que aportan nuevas formas de entender la realidad.

El feminismo abre así la puerta a la pluralidad, a la propia diversidad dentro del propio feminismo, para entenderse hoy como feminismos: el ser colectivo como identidad de las distintas formas del ser mujer que exige un reconocimiento específico, pues su realidad es distinta a la de otros seres colectivos (no es lo mismo ser mujer blanca en una ciudad que mujer indígena en un área rural) y exige soluciones a necesidades diversas.

Judith Butler es, en esa diversidad de feminismos, la principal formuladora de la teoría queer, que de manera resumida abre la puerta a cuestionar si el género masculino y femenino corresponden a un orden natural o son una construcción social. A partir de proponer la segunda opción, la filósofa estadunidense aboga por el reconocimiento y la protección de los derechos de los grupos LGTB+, aportando un sustento teórico que es al mismo tiempo la formulación de una resistencia, de una denuncia frente a tratos desiguales y asimétricos, de brechas que se abren y que separan, marginan, condicionan o limitan a una persona o grupo de personas a partir de lo que una mayoría decide es correcto, adecuado o tolerable.

Esa vocación de denuncia es la que envuelve las reflexiones de Butler reunidas bajo el título Sin miedo. Formas de resistencia a la violencia de hoy (Taurus, 2020), una serie de conferencias impartidas en Berlín, Guadalajara, Ciudad de México, Santiago de Chile y Buenos Aires: cada una, una defensa, una provocación, un llamado urgente a mirar aquello que empezamos a pasar por alto porque una normalidad lo absorbe y lo convierte en parte de lo cotidiano, de lo sin remedio, de aquello que se instala y se impone como paisaje habitual.

Y ese hábito implica, precisamente, cerrarse ante el dolor del otro, de la otra, ante esa condición de injusticia que padecen seres humanos y que termina por convertirse en indiferencia, lo que le ocurre a seres sin nombre ni rostro. La autora toma así la voz de las y los migrantes, condenados a la vaguedad de tratados internacionales que aseguran derechos y obligaciones de los países pero que en la práctica son ineficaces al momento de proteger la vida, de garantizar un mínimo de condiciones que faciliten el tránsito, la estadía, la incorporación de la migración entre África y Europa o entre Latinoamérica y Estados Unidos.

En contraparte, la condena al nacionalismo, a la cerrazón, a los grupos xenófobos y radicales que en España, Estados Unidos, Brasil, Hungría o Polonia encuentran en la presencia del otro, del distinto –ya sea en lo que refiere a nacionalidad como en lo que refiere a “valores” y visiones parciales y segregacionistas que intentan imponerse desde una mayoría en el gobierno–, una razón para justificar el trato diferenciado, la razón de cualquier mal, el culpable de aquello que corrompe o daña a una sociedad…

Lo mismo en su defensa de los grupos LGTB+, en su denuncia de la violencia que padecen las mujeres y las condiciones y entornos en que se desarrolla un cada vez mayor despertar, un reconocimiento cada vez mayor de derechos pero que aún enfrenta resistencias que llevan incluso a la muerte. O la importancia del ruido en la plaza pública, en donde quien escuche con atención puede entender que en esas voces alzadas, en esa cacofonía intermitente, existe un reclamo, una demanda o una exigencia que debe atenderse, que es tan grave como para llevar a alguien a tomar con violencia la plaza pública con tal de hacer ver y hacer escuchar realidades intolerables.

La suma de conferencias que ofrece Judith Butler son, de esta forma, un llamado a ese mirar de manera profunda la complejidad de la realidad, a buscar, como quería Hannah Arendt, comprender antes que nada, sobre todo antes que juzgar. Y una vez observado y comprendido, asumir que hablar por los sin voz, por las sin derechos, por los sin representación, por las y los sin lugar digno asegurado, respetado y protegido en el espacio público o privado, es resistir a la violencia, a las múltiples violencias, de la forma en que se debe denunciar al violento: sin miedo.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.