Por Carlos Castillo. Inmensa en tradición e historia, modelo para el desarrollo y el crecimiento, protagonista indudable de nuestro tiempo y también de la historia de la humanidad, China se presenta ante el mundo como una nación plena, conciente de su papel en el presente, orgullosa de su pasado, cierta de su lugar en el futuro: no hay análisis serio del siglo XXI que se atreva a excluirla ni repaso del ayer que pueda omitir sus aportaciones. Sin embargo, nuestro conocimiento de esa cultura milenaria es apenas el mínimo para alcanzar a entender su magnitud y su realidad, porque es innegable todavía en nuestros días cuánto de esa riqueza nos falta por conocer, por explorar y, como todo encuentro, por descubrir, no sólo en lo que al propio país concierne sino, además, en el modo en que transitó de una cerrazón profunda –cuyo símbolo más idóneo es la Gran muralla– a una apertura que la situó de manera plena y de primera fila en el llamado concierto de las naciones. La metáfora del puente es adecuada para explicar esa apertura: dos orillas distantes que encuentran la manera de unirse. China y Occidente que, hasta mediados del siglo XX, eran territorios inhóspitos el uno para el otro, y que tuvieron en la diplomacia ese vínculo que hizo posible el tránsito entre dos regiones del orbe. ¿Cómo empezó la relación entre Estados Unidos y China?, ¿a qué escollos se enfrentó y de qué manera se salvaron esos obstáculos?, ¿cuáles fueron y siguen siendo los beneficios de una apertura mutua? A esas preguntas responde el libro China, de Henry Kissinger (Debate, 2012), uno de los mayores impulsores de esa relación que repasa con minucia y detalle los pasos que siguieron ambas naciones para construir un espacio de diálogo y encuentro. Un pequeño pero esclarecedor prefacio abre esta obra para explicar la historia china en sus momentos más destacados, los que dieron pie a la construcción de una nación sólida y asombrosa. Una vez establecido ese punto de partida, clave para entender y dar los primeros pasos, el autor describe su propia experiencia a lo largo de cerca de 500 páginas, en donde relata los pormenores de los primeros contactos, en el contexto de la Guerra Fría y bajo el régimen de Mao Zedong; diálogos entre ambos dan cuenta de un trayecto no exento de misiones confidenciales, de complicaciones en intereses y objetivos, de incomprensión ante el encuentro de dos modos distintos y hasta opuestos de hacer política, pero en los que ante todo prevaleció la voluntad de establecer vínculos duraderos. Kissinger avanza así por la historia de China durante la segunda mitad del siglo XX, sin juicios ni prejuicios, en busca del relato de los hechos, recordando cuánto del orden mundial en tiempos de la Guerra Fría obedeció a alianzas estratégicas que buscaban evitar una catástrofe nuclear. Destaca la vocación de ministros y asesores que más allá de sus líderes –incluidos los de él mismo– lograron a toda costa mantener un diálogo abierto que poco a poco se tradujo en nuevos canales de cooperación, atravesando décadas adversas y hasta llegar a Deng Xiaoping, sucesor de Mao, artífice de las grandes transformaciones en la década de los setenta del siglo XX y que son la raíz del gigante asiático que conocemos hoy. De la mano de lo anecdótico y del paseo por la historia de Oriente y Occidente, Kissinger introduce las lecciones aprendidas de su experiencia, pequeños pero enriquecedores consejos que, a manera de moralejas, recuerdan los grandes tratados de ciencia política del Renacimiento o la Ilustración, síntesis de su propio aprendizaje en la diplomacia internacional que enriquecen la lectura y son un legado adicional, que se agradece, del propio libro y de su andar en un entorno complejo y del que no siempre es posible salir airoso, a causa de la infinidad de circunstancias, ajenas y propias, que envuelven el desarrollo de cualquier relación. De este modo, China se presenta como la gran historia de una apertura entre dos orillas que durante siglos parecieron inaccesibles, así como la invitación a mirar más allá de las fronteras habituales para comprender cuánto perdemos al limitar nuestra vista a un solo horizonte. En un momento en que el diálogo y el acuerdo que sabe superar las diferencias y dejarlas a un lado –incluso en temas tan profundos como el régimen y los valores democráticos– parecen tambalearse a causa de la elección de Donald Trump, este libro ofrece la certeza de que siempre serán los puentes y no los muros los que a partir de la tenacidad y la convicción, puedan salvar las diferencias, producir el encuentro, convertir las fronteras en puntos de reunión.   Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común. Twitter: @altanerias