Por Carlos Castillo. La historia cuenta con hitos y quiebres que marcan para siempre la historia de los países, de la humanidad: sucesos que determinan de tal modo el desencadenamiento de circunstancias que su remembranza y simbolismo –una fecha, un nombre, un lugar– trascienden generaciones y se insertan en la narrativa de los pueblos. El siglo XX, en ese sentido, cuenta con una decena de esos puntos de referencia, una época cuando la celeridad de los acontecimientos llevó a que casi cada década se determine a partir de una marca. Así, las revoluciones de la primera década y la gran guerra, el crack bursátil de la siguiente, el inicio de la Segunda Guerra Mundial, la bomba atómica, la larga marcha, la llegada del hombre a la luna, la caída del muro de Berlín, entre otros tantos, son episodios (la mayoría hacia finales de cada lapso de diez años) que marcan un antes y un después que afecta por igual a la humanidad. México tiene quizá uno de sus hechos más significativos en 1968, el 2 de octubre, en Tlatelolco, cuando la cerrazón gubernamental eligió la muerte antes que las palabras y los acuerdos, contra una sociedad que exigió apertura y a cambio recibió balas, cárcel y atropello asesino. De la mano de ese lamentable suceso, dos reacciones destacan en la historia nacional: la denuncia en la Cámara de Diputados por parte de Rafael Preciado Hernández de la ocupación del Ejército de Ciudad Universitaria, y la renuncia de Octavio Paz a su cargo diplomático en la India como protesta frente a la masacre de estudiantes. Mucho se ha escrito sobre ambos personajes, su determinación y coraje en un momento complejo que, sin saberlo, quebró para siempre la relativa estabilidad social de un país que exigía dar paso a nuevos tiempos. Sin embargo, poco se sabe de lo que ocurrió con Octavio Paz, más allá de la publicación de excelentes tomos, prácticamente hasta la realización del renombrado Coloquio de Invierno y la obtención del Premio Nobel en 1990. Paz regresó de la India a Harvard como académico y a México tras 25 años de ausencia. Y lo hizo para dar vida a una revista que transformó el mapa editorial mexicano, Plural, en donde una vida de amistades literarias e intelectuales nacionales e internacionales confluiría para dar forma a un proyecto ambicioso, que insertó a México en el mapa de las publicaciones periódicas a escala mundial. Un repaso por los años previos a octubre de 1971 –cuando aparece el primer número–, así como una detallada descripción del trabajo cotidiano para dar vida a cada ejemplar, son los trazos que realiza el académico John King en su obra Plural en la cultura literaria y política latinoamericana. De Tlatelolco a “El ogro filantrópico” (FCE, 2011), un esfuerzo de investigación para retratar la faceta de editor del Nobel mexicano, al tiempo que  realiza la biografía de la revista como un gran puente por el que circularían ideas, en un mundo que por aquellos años aún distaba de convencerse de cuánto se ganaba a través del intercambio de crítica, de señalamiento, de la expresión libre del pensamiento individual. Destaca como primer dato relevante la lista de nombres que se reúnen en Plural: Lévi Strauss, Chomsky, Michaux, Steiner, Barthes, Foucault, Juan Goytisolo, Sarduy, Cabrera Infante, bajo la dirección de Paz, el apoyo de Tomás Segovia y la plataforma del periódico Excélsior, dirigido entonces por Julio Scherer. Asimismo, el dato de que, a diferencia de otros países, como Argentina con Victoria Ocampo, en México jamás existió ni ha existido la figura del mecenazgo privado para el trabajo editorial, que se ha cobijado bajo el ala gubernamental, condenando así la independencia, la libertad. Bajo esas dos premisas, el esfuerzo de confeccionar y lanzar una revista se convierte en tarea titánica, pero que desde la primera hora y en este caso contó con el respaldo de la inteligencia, de la generosidad y el talento de quienes, directa o indirectamente, confluyen en sus páginas. Y no es simplemente un esfuerzo literario o artístico el que se realiza sino que, además, y desde la pluma de intelectuales como Gabriel Zaid, se aborda la vida política de México con una firmeza y una libertad que pocas veces se había leído en los medios nacionales, y a lo que King dedica en su obra uno de los seis capítulos. De forma paralela, la creación literaria asalta y es vitrina para autores noveles o consagrados, construyendo de ese modo una de las cumbres editoriales del siglo XX. Con esta obra, empero, John King demuestra cuánto puede lograrse a través de una revista como fue Plural: un espacio abierto donde confluye la necesidad de expresar, de reflejar, entender y traducir en clave presente los dilemas de un mundo que incluso hoy enfrenta retos de la misma talla que hace casi 50 años. También es una detallada descripción de una faceta menos conocida de Paz, la de editor, la de corrector, la del taller de una publicación que exige mucho más de lo que es simplemente abrir la tapa, pasear o hundirse en las hojas y desde ahí establecer un contacto que aspira y logra ser universal. Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común. Twitter: @altanerias