Por Carlos Castillo. Podría parecer increíble que, a principios del siglo XX, un arqueólogo de la Universidad de Harvard, explorando el delta del río Mississippi, se topara con que aquellos encargados de las excavaciones entonaban un tipo de canto donde yacía ya una de las raíces más profundas y fuertes de lo que años más tarde se llamaría blues. También puede resultar inverosímil que ese ritmo, sobreviviendo entre plantaciones de esclavos, médicos ambulantes que contrataban intérpretes para promocionar tónicos y brebajes, e iglesias donde se entonaban cánticos y plegarias, sea considerado hoy como el que mayor influencia generó para propiciar los cambios de los gustos musicales que tuvieron lugar desde la década del cincuenta del siglo XX. Sin embargo todo ello es cierto, se encuentra documentado y se inscribe como parte de la historia de la música popular de nuestro tiempo: orígenes que se esconden entre nombres casi olvidados, conocidos sólo por expertos pero que trasciende hasta personalidades de la talla de Eric Clapton o B.B. King, para confirmar que ese pasado es aún capaz de romper la barrera de los años para gozar de una vigencia como pocos géneros pueden ostentar. La historia de ese ritmo es la que Ted Gioia, en su libro Blues. La música del delta del Mississipi (Turner, 2010), reúne y documenta con la precisión de quien se arroja a lugares olvidados o abandonados, y decide que solamente puede rescatarse un pasado tan difuso desde el sitio donde los hechos sucedieron; que sí, es importante acudir a las obras canónicas escritas o videograbadas, pero que poco podría añadirse sin esa inmersión en un entorno, un ambiente y unos parajes donde los viejos nombres y los relatos antiguos sobreviven de boca en boca. Resulta, empero, asombroso que un país como Estados Unidos aún pueda contener en sus rincones un volumen tan vasto y abundante de pasado no documentado. Y sin embargo esa vuelta a los orígenes traza una ruta donde las leyendas se acentúan y los símbolos adquieren fortaleza casi fantástica. Así, el cruce de caminos, el músico sin nombre cuya técnica recoge alguien con más suerte en una estación de tren y la convierte, sin saberlo en su momento, en un factor clave para trazar el futuro, el golpe de azar para toparse en un sótano con grabaciones olvidadas son, todos, hechos que convierten la narración de Gioia en una especie de novela en la que el lector a ratos olvida el género original para sumirse en un recorrido más fantástico que real. No obstante, nada es especulación o invención. Todo es parte de un gran esfuerzo por recuperar las raíces del ritmo que dio paso al rock, al funk, al techno, al pop y a muchos otros que han sido clave en el desarrollo musical de nuestros años. Raíces para entender a fondo el árbol de la evolución de ritmos pero que es asimismo espejo de los cambios sociales que desde los Estados Unidos fueron alterando las ideas, las costumbres y los valores sociales. Intérpretes sin rostro y cuyas voces se conservan en viejos acetatos; los límites de la tecnología de audio que poco a poco fueron vencidos a fuerza de las demandas de los propios cambios adentro del blues; canciones semi perdidas que algunos viejos aún pueden interpretar desde parajes donde esos misterios esperan a quien desee encontrarlos; acordes que retratan un pasado de esclavitud y opresión, de sobrevivencia y escapatoria; biografías que padecen los estragos de una fama adquirida y dilapidada… El conjunto de Blues. La música del delta del Mississippi es pues la guía especializada para el no especialista, la lista de artistas y canciones para ahondar en los orígenes de nuestra forma de entender la música, la ruta para descubrir que detrás de algo tan simple como la canción que suena en la radio hay un ayer donde convergen la pena, el esfuerzo, el dolor de una raza, las voces e instrumentos que llegaron desde África. Una gran prueba, al final, de que no hay forma alguna de pureza, de que las influencias que nos construyen pueden provenir tanto de ilustres pasados como de vergonzosas biografías, de lugares remotos o azares complejos, y que todo ello es parte de un legado común: la música, expresión primera y primordial de la humanidad.   Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común. Twitter: @altanerias