Por Carlos Castillo. Asistimos en esta segunda década del siglo XXI a un cambio en los paradigmas del ejercicio del poder. De haber sido durante siglos una estructura vertical, escalonada y claramente jerarquizada, hoy el poder tradicional ha resentido en su ejercicio los avances tecnológicos, el progreso humano y social, así como el aumento del interés de participación de diversos grupos que antes permanecieron al margen. Para Moisés Naím este cambio se encierra en tres tipos de “revoluciones”: la revolución del más, referida a que son cada vez mayores la población, la conectividad, las comunicaciones; la revolución de la movilidad, que habla de la facilidad con la que las personas, la información o el talento pueden desplazarse de un lugar a otro; y la revolución de la mentalidad, que incluye un mundo con cada vez más conocimiento, ambiciones renovadas o al menos diferentes de las de una generación anterior, y una tendencia al no conformismo que se traduce, en general, en aspirar a un estilo de vida determinado, coincidente en buena medida con los valores occidentales pero que no solamente se reduce a sus preceptos. En su libro El fin del poder (Debate, 2013), Naím desglosa estas tres “revoluciones” y las utiliza como marco teórico para abordar cambios en distintas áreas del actuar humano: la familia, la academia, las empresas, los movimientos sociales, las iglesias, la filantropía, los partidos políticos y, en resumen, toda aquella estructura jerarquizada, son presentadas como víctimas de estos cambios que afectan tradiciones que, por lo menos, datan del siglo XVIII, cuando se establecen las bases del Estado moderno. El resultado final es que el poder convencional ha cambiado y sus efectos son ya notorios, no sólo en, por ejemplo, el tiempo en el que un director de empresa –antes con un lugar asegurado incluso por décadas– dura en el puesto sino, además, en el desprestigio que a nivel global padecen, por ejemplo, los partidos políticos, antes inequívocas vías de acceso al poder público y hoy enfrentados e inclusive acotados por organizaciones civiles, por la sociedad organizada y por nuevas instituciones que buscan transformar estructuras verticales en formatos accesibles, más horizontales, menos autoritarios y más transparentes. Si bien esta transformación puede resultar, en teoría, positiva y atractiva, tiende por su parte a enfrentarse con una tradición que en su diseño institucional no ha sido preparada para ello, y el proceso de adaptación, visible en nuestros días, no es muchas veces ni sencillo ni fácil de implementar. Naím no alcanzó ya a incluir entre los múltiples ejemplos que utiliza para demostrar el cambio en los paradigmas del poder –y quizá esta sea la muestra más clara en nuestros días– el constante fracaso de las herramientas más desarrolladas para medir las preferencias por uno u otro grupo de poder, que son las encuestas electorales, pero este fenómeno, visible en lo ocurrido con el Brexit, con la pacificación colombiana o también con las elecciones en México de este 2016, puede hallar en las teorías del autor razones suficientes para explicar sus causas. Las consecuencias de este fin del poder, no obstante, pueden acarrear, y en esto es enfático el libro, una destitución de los modelos habituales en su práctica cotidiana que no necesariamente implican otros modos claros que puedan afirmarse como mecanismos de nuevo acceso, lo que trae consigo un riesgo que en el plano político puede tildarse de ingobernabilidad, de pérdida de legitimidad y, en el extremo, del auge de alternativas que no apuntan a entender la realidad como un todo complejo y múltiple, como lo harían los partidos; por el contrario, la tendencia apuntaría a simplificar lo complejo y a desglosarlo en sus manifestaciones individuales o particulares y esto, advierte Naím, es terreno propicio para la demagogia y el populismo, como ya ha ocurrido en diversas regiones. Lo cierto es que, más allá de que el cambio se perciba como bueno o malo, éste sucede y afecta el modo en que enfrentamos el día a día, transforma las concepciones tradicionales y es quizá una de las consecuencias más claras de esta era de la información. Hará falta mucha apertura, mucha imaginación y, sobre todo, comprender que las estructuras tradicionales del poder apuntan a nuevos valores, son una manifestación de la libertad y del empoderamiento, amén de que su cauce y dirección pueden conducir, llevados de manera adecuada, a una nueva etapa de la humanidad.   Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común. Twitter: @altanerias