¿Qué lleva a una persona a un día bajarse del tren en la estación de un poblado perdido, a dejar su vida atrás y a empezar todo de nuevo? Un paso que de pronto se instala como necesario, inaplazable, quizá porque llevaba ahí mucho tiempo, intentando darse, o tal vez porque de pronto se vuelve algo que debe hacerse porque se puede, sin más.

Lanzarse al azar como quien brinca de un risco, no a tientas ni a ciegas pero sí convencido de que ese salto es la única opción posible para dejar todo atrás. En La buena suerte (Alfaguara, 2020), Rosa Montero parte de esa decisión –de los riesgos y dudas que implica, de paradojas y absurdos que la acompañan–, para llevar a la lectora, al lector, a la forma en que un arquitecto afamado y reconocido en su medio se instala en una nueva vida.

Reiniciar de la vida. Declarar clausurado el pasado y empezar ahí donde todo y todas y todos son extraños y ajenos; o donde uno, más bien, es el extraño, el diferente, el Otro que aguarda por ser descubierto.

El escenario es el cascarón de lo que alguna vez fue un pueblo minero, ya sin mina y con el arraigo vencido, sin nada a lo que poder sujetarse: un poco como los parajes de Kerouac en sus recorridos, un poco las calles que retratan Paul Auster o Philip Roth en su narrativa. Un lugar donde no hay nada en torno a lo cual reunirse, donde la comunidad se reduce a lo inmediato de lo laboral o a lo cercano de la vecindad. Donde también el pasado es punto de encuentro para agravios acumulados, para historias no cerradas, para deudas aún por pagar.

Determinar y seguir rutinas, obtener un trabajo, satisfacer necesidades básicas, dejarse abordar por voces y rostros nuevos que lanzan alguna pregunta, que indagan por ese desconocido que llegó de la nada y del que nadie sabe algo…

La vida abre su cauce y Montero describe las batallas íntimas que acompañan ese tránsito: vencer un lugar a veces siniestro, a veces hostil pero otras dispuesto a entregar rostros donde la energía de la vida se proyecta desde sus más altas cimas; vencer también las resistencias de lo que alcanza aún a llegar de fuera, del pasado, incluso frente a la incertidumbre de un presente que no tiene aún anclajes firmes.

Vencer la negativa a ser elegido por alguien más: dejarse llevar y dejarse acompañar, abrir con precaución una puerta como quien sabe que en esa decisión puede haber un cambio tan radical como el que le llevó a decidir dejar todo atrás.

Se opta de nueva cuenta por el azar. Una vez que hubo salto, correr una cerradura y dar paso es ser consecuente con la propia elección, de nuevo sin demasiadas certezas, de nuevo sin asideros claros; de nuevo también dejando a la suerte hacer su parte. Y a veces la suerte responde. Devuelve la sonrisa y mueve sus hilos hacia la fortuna y se instala como parte de la normalidad. Coincide en su designio con el deseo de quien sin invocarla, incluso sin claridad de su existencia, se entrega pleno y convencido a su influjo.

Rosa Montero escribió una novela que ahonda en la profundidad y el misterio del individuo abandonado a sí mismo, ensimismado, y la forma en que dos soledades que se reúnen pueden alcanzar a ser compañía, a ser libertad. El relato de piezas que se acomodan y se suman sin considerar la decisión de sus protagonistas, donde el pasado irrumpe sin aviso, donde la vileza humana también es reflejo de parajes abandonados y grutas de minas desvencijadas; donde el mal ronda cerca y es móvil de mucho más de lo que uno pudiera creer.

Y en ese juego de la suerte, cualquiera de los fragmentos que por cualquier contingencia se saliera de su lugar, derrumbaría un edificio que se sostiene por el intangible del azar. Hasta que llegue la certidumbre o se decida hacer frente al propio azar, este mantendrá su dominio y su influjo, su frágil condición pasajera; y de nuevo, elegir, pero esta vez hacerlo contra la suerte: tomar una rienda que se había abandonado para asumir el control, para ejercer alguna forma de poder o resistencia frente a lo que se ha salido su cauce.

Tomar y ceder, entregar y arrebatar, abrir y cerrar, elegir y ser elegido son las reglas con las que puede jugarse al azar. De otro modo, su vacío no termina de caer, su misterio no alcanza a entregar claridad, sus posibilidades se reducen y se estrechan, limitan y condicionan. La buena suerte es la historia de quienes aprenden a convivir con la propia suerte, de quienes aprenden a hacer de cada riesgo, una oportunidad.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias