Por Carlos Castillo. La literatura fantástica es un género complejo, que exige capacidades narrativas en las que lo imaginario se introduce como parte de lo cotidiano y se incorpora ante el asentimiento del lector, quien asume esa intromisión como parte natural del desarrollo de una historia. Carlos Fuentes, Julio Cortázar y Gabriel García Márquez, así como los representantes del realismo mágico latinoamericano lo supieron bien; Haruki Murakami ha fracasado en varios intentos y Jorge Luis Borges o Ernesto Sabato lo llevaron a un culmen asombroso, cuando esa irrupción de lo imaginario se situó en pasados remotos: Babilonia, una isla desierta o la cábala son escenarios propicios para el desarrollo del género. El serbio Goran Petrovic es, en nuestros días, portavoz de esa tradición y gran heredero de un legado que, en su obra, no deja de asombrar. Desde paisajes y escenarios que podrían parecer lejanos –tanto en el tiempo como en la geografía–, sus novelas son, una tras otra, capaces de transportar a épocas remotas donde el vínculo entre la razón y la imaginación aún no padecía los embates de un racionalismo que trazó un divorcio incólume durante siglos. Es el caso de El cerco de la iglesia de la Santa Salvación (Sexto Piso, 2012), monasterio enclavado en los límites donde la cristiandad convive con el Islam, con el paganismo, con desviaciones del credo establecido por Agustín de Hipona donde aún el mundo maniqueo o pelagiano se empeñan en mantener vivas tradiciones que constatan un mundo que no se resigna a desaparecer. Fuera de la línea narrativa, que un monasterio se eleve para escapar de sus sitiadores gracias al canto devoto de los monjes que entre sus muros habitan es sin duda un recurso absurdo; no obstante, si ese hecho va antecedido, entre otras descripciones fabulosas, por el minucioso retrato de seres surgidos de cualquier bestiario medieval, que conviven unos al lado de otro en el marco de un mercado, entonces la historia cobra una vida y envuelve al lector en un ambiente en el que la levitación de una mole de rocas entre voces melodiosas en, sin más, una consecuencia natural. Lo mismo ocurre con la torre mayor de aquel edificio, en donde cuatro ventanas que miran a cada uno de los puntos cardinales sirven para ver el pasado, el futuro, cercano, el presente o el porvenir lejano, cuya vista no está exenta de tributos o consecuencias, y por donde los tiempos se entremezclan para separarnos siglos u otear lo que ocurrirá en unas cuantas horas. Ejércitos que deberían llegar al rescate, herramientas de guerra que los “bárbaros” emplean para hacer ceder la altura de muros o las plegarias de la fe, el mundo bizantino que rescata mosaicos, iconoclasia, efigies y atuendos para dibujar un entorno que remite a la alquimia, a la herbolaria o la geomancia: la naturaleza profunda aún al acceso de la mano del hombre, antes que la química, la medicina o la metalurgia enterraran quizá para siempre misterios que la literatura es capaz de revelarnos. Petrovic recorta así la distancia que nos separa de la Edad Media para presentarla brillante, plena de saberes olvidados, hija del Imperio bizantino y lejos, muy lejos de una Roma que por entonces se esforzaba por sobrevivir. Hay que recordar que si el desarrollo de Europa fue posible, fue precisamente porque el Imperio oriental fue la frontera que mantuvo al margen invasiones y avidez de conquistas. Al final, entre esa suma de elementos fantásticos y datos históricos, es inevitable la caída, el transcurso de los hechos que se reúnen en los libros y las anécdotas, la concreción de lo que sabemos ocurrió y que es, más allá de críticas o loas, aquello que dio forma al mundo tal como lo conocemos. Ni la literatura ni la imaginación pueden escapar de ello, porque en caso contrario sería entonces ya imaginación pura, fracaso del género, claudicar ante a la tentación de trazar un designio distinto al que en realidad ocurrió. No obstante, la oportunidad de acercarse al detalle, a la minucia, a la cotidianidad de tiempos perdidos es el gran gozo que otorga Petrovic, como lo hiciera Yourcenar con Adriano, como sólo lo consiguen quienes a través de un profundo conocimiento de la historia son capaces de llenar sus vacíos con legajos de imaginación.   Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común. Twitter: @altanerias