Por Carlos Castillo. La pluralidad y la convivencia entre culturas que ofrece el siglo XXI se configuran día a día de acuerdo con parámetros complejos donde el otro, el que llega, el diferente, es asumido a veces como intruso, otras como indistinto, también como aquel que se suma para aportar su conocimiento, su saber, sus costumbres y sus prácticas, y con ello enriquece al país que lo recibe. Las posturas maniqueas suelen ser, en ese sentido, formas de reducir la inmigración y situarla como buena o mala, útil o destructiva, deseable o digna de rechazo, negando un hecho fundamental que ha distinguido la historia de la humanidad: aquellos lugares donde más intenso y abierto ha sido el intercambio cultural –puertos o grande capitales– son aquellos donde el desarrollo ha crecido con mayor intensidad, para hacer converger tradiciones distintas y construir así, de manera colectiva, el poderío y el prestigio de imperios, civilizaciones o naciones, invariablemente de la época que se analice. No obstante, nuestro tiempo ha llevado, sobre todo a raíz de la caída de las Torres Gemelas en 2001, a asumir a quienes profesan un credo diferente o provienen de culturas lejanas como un problema para los estados receptores, llevando a generalizaciones donde todo aquel que practica una religión o tiene un aspecto físico determinado es un potencial enemigo, digno de sospecha, un culpable a priori por el grupo racial o zona del mundo de la que provenga e independientemente de sus actos individuales. El filósofo francés de origen búlgaro, Tzvetan Todorov, ahonda en los grandes retos que han surgido para la humanidad en ese sentido, y con base en un análisis profundo y detallado ofrece el libro El miedo a los bárbaros (Galaxia Gutenberg, 2013), donde, por principio, ofrece una categoría para determinar las diferencias entre posturas abiertas o cerradas. Afirma así, desde el inicio de la obra, que será bárbaro aquel incapaz de asumir al otro como un igual, como alguien con capacidades idénticas a cualquier semejante, mientras que el civilizado será quien puede entender que las diferencias son posibilidades abiertas para ampliar e impulsar a cualquier nación. A partir de esta diferenciación, el autor realiza un desglose de la obra fundacional de la cerrazón post septiembre de 2001: El choque de civilizaciones, de Samuel Huntington, descalificando uno por uno sus principales argumentos y asumiendo al académico norteamericano como puntal en la ideología que inspiró, entre otras, las invasiones de Irak y de Afganistán posteriores a aquella catástrofe. Los fundamentalismos son de este modo el blanco de ataque de Todorov, no sólo aquellos que son tergiversaciones de doctrinas o credos religiosos sino, además, aquellos que quieren imponer formas de gobierno para las cuales no hay bases sociales ni culturales, como si una democracia pudiese erigirse por decreto y no fuese parte de un proceso gradual; lo es también la tendencia a defender la lucha por los derechos humanos basándose en guerras y prácticas donde la tortura y la ilegalidad han demostrado ser, si no moneda corriente, sí una práctica reiterada que en nombre de los fines sacrifica los medios y contradice con ello el objeto final que se busca. Asimismo, hace una crítica tenaz a diversas manifestaciones en Occidente que, en nombre de la libertad, han buscado humillar o denostar de manera burda o simplista los símbolos de diferentes culturas, caricaturizando o presentando como generalidades aquello que para algunos –no pocos– significa una creencia profunda o un valor histórico. La libertad de unos, empero, se convierte en la herramienta para descalificar, desde argumentos demagógicos y casi siempre envueltos en trasfondos políticos locales, a migrantes o culturas ajenas, construyendo con ello un discurso de odio que se alimenta, sí, del miedo, de los actos terroristas, pero que tampoco hace mucho por cerrar un círculo de violencia que parece interminable. Un entorno en el que la popularidad de un mandatario cae por sus muestras de solidaridad frente a quienes huyen de la guerra, mientras crece el discurso del odio, del extremismo, de la cerrazón. El aumento de unos meses a la fecha de esta tendencia, si bien con razones justificadas por la cantidad de ataques padecidos en ciudades europeas, conlleva un reto mayor que debe asumirse lejos de ese discurso maniqueo, lejos de esas generalizaciones injustas y dañinas, buscando el modo de frenar el que liderazgos como Trump o aquellos partidos extremistas de Europa hagan del odio un botín de elecciones y promuevan enfrentar a la violencia con más violencia, incapaces de cerrar brechas y deseosos de construir un orden mundial a partir de la expulsión, la marginación o la segregación de razas o culturas. El miedo a los bárbaros es, en resumen, una guía para caminar por los terrenos frágiles de la convivencia y el reto de culturas que convergen en espacios y tiempos iguales, donde hace falta mucha civilización, apertura, entendimiento, diálogo: valores que faciliten la horizontalidad de las relaciones, incapaces de encuadrarse más en un plano vertical.   Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común. Twitter: @altanerias