Estudiar la música y su presencia entre la humanidad permite adentrarse no sólo en la manifestación artística que surge de la interpretación armónica de sonidos: es, también, la oportunidad de ahondar en la forma que mujeres y hombres han asumido su lugar en el mundo y, a partir de ello, han logrado proyectar su propio ser a través de ese lenguaje que trasciende fronteras, razas o pueblos.

La condición particular de las culturas queda así manifiesta en la música propia de cada civilización, y su huella, muchas veces sólo rastreable a través de instrumentos –los objetos utilizados– se hunde en la noche de los tiempos: desde aquellos primeros artilugios de percusión que nadie sabe qué melodías o cadencias producían, pasando por la primera notación musical ideada en la Grecia clásica, hasta las transformaciones abruptas de formatos que ha traído consigo la tecnología en los últimos cien años…

La historia de la música corre a la par que la de la civilización y permite rastrear tanto los gustos y los estilos como las formas de vida, antropología que es común a todas las razas y que en esa diversidad halla sus diferencias que, no obstante, vuelven a coincidir en el propio lenguaje musical.

El crítico e historiador Ted Gioia ha escudriñado buena parte de la música de nuestro tiempo a través de sus géneros más destacados –el blues, el jazz y el pop–, trazando una línea de tiempo en la que convergen el pasado ancestral de los pueblos africanos, la esclavitud y la opresión, las razas dominantes y el racismo, extremos que no obstante logran encontrarse en la propia música para anticipar sucesos históricos, cambios sociales y rupturas culturales que ocurren siempre bajo la línea melódica de algún himno, algún género musical o cualquier manifestación coral colectiva que se vuelve representativa e icónica del sentir de diversas épocas.

Su libro más reciente, La música: una historia subversiva (Turner, 2020), es la exploración milenaria del recorrido musical de la humanidad bajo la certeza de que la rebelión, la ruptura de cánones y tendencias, la transgresión de clases sociales ante grupos dominantes ha sido, en todas las épocas, acompañados y en ocasiones augurados por los cambios y transformaciones que tienen en las manifestaciones musicales sus registros primeros y originarios.

Y esa irrupción, que ocurre casi siempre en el cruce de culturas y tradiciones, puede rastrearse ya sea en las innovaciones festivas que la música árabe introdujo en la música monástica y gregoriana de la Edad Media; en la disrupción de los trovadores que hacia el Renacimiento sacudieron los encorsetados salones de reyes y príncipes; en las temáticas sexuales o sediciosas que acompañaron las óperas de Mozart o las sinfonías de Beethoven… La vocación de apertura, la suma de estilos y la mezcla de géneros que permite la propia música, la enriquecen y a la par son la puerta por la que nuevas tradiciones se incorporan para dar forma a ese estéril, pero siempre vigente y cíclico debate de tradición versus modernidad.

El resultado es y ha sido irremediablemente el mismo: la tradición cede y descubre la riqueza del otro, de lo nuevo, de lo antaño considerado irreverencia que se incorpora y asimila para convertirse en normalidad. Y así llegará una nueva tendencia que, si cuenta con la fuerza y la calidad para trascender a la moda, podrá modificar esa normalidad para generar un eslabón nuevo en la suma de tradiciones, diversidad y pluralidad que conforma la mejor historia de la humanidad.

Ted Gioia nos lleva de cultura en cultura, de civilización en civilización, para demostrar que la subversión no sólo es distintiva de prácticamente toda la historia musical sino, sobre todo, es quizá su elemento más afinado y característico, la clave que permite que la propia música se mantenga en la vanguardia y sea capaz de anticipar los grandes cambios políticos y sociales: manifestación de eso otro que surge casi siempre en la marginalidad y a fuerza de influencia, calidad o innovación emerge para transformar de fondo la realidad.

El blues, el jazz, el country o el rock, el rap, el hip hop o el reguetón son, de ese modo, las disrupciones más cercanas a nuestro tiempo, cada una condenada en su origen, relegada al tugurio o a la barriada, pero con la fuerza suficiente para trascender gustos, cerrazones o puritanismos e incorporarse en el gusto popular, manteniendo esa milenaria tendencia que permite a la subversión, a la inconformidad y a su expresión –en este caso, la musical– ser los grandes móviles de los cambios en la civilización.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias