Biógrafa, historiadora, Laurence Debray ha explorado en su obra la transición democrática española desde la figura del rey Juan Carlos: liderazgo clave en un momento en que las instituciones se reacomodaban, una sociedad comenzaba a reconciliarse consigo misma y las heridas de una dictadura asesina exigían la grandeza de miras de una monarquía que supo ser gozne y facilitadora de acuerdos democráticos.

De ese retrato que destaca y acentúa las habilidades personales y la vocación política necesarias para dar cauce a un sistema de gobierno, la autora se traslada en Hija de revolucionarios (Anagrama, 2018) a un entorno opuesto, que inicia en un encuentro con el entonces candidato a la presidencia de Venezuela, Hugo Chávez.

Suspicacia, desconfianza y muchas dudas sobre el futuro de un país que en 1999 sería gobernado por aquel, bajo la aspiración de construir un nuevo modelo alternativo al democrático-capitalista. Dudas fundadas que Debray capta de inmediato porque conoce a los personajes, ha convivido con ellos, ha escuchado y sido educada en torno a sus ideas, su lenguaje, sus expresiones.

Una infancia y una juventud moldeadas desde el aura de su madre, de su padre: revolucionarios, compañero, él, de la aventura del Che Guevara en Bolivia que le costaría al argentino la vida; arrestado en ese país, rescatado por intervención diplomática, intelectual consagrado de la izquierda francesa que desde 1959 se entregaba ciega a la batuta ideológica de Fidel Castro en La Habana.

Ese escepticismo inicial frente a las aventuras políticas que implica todo aquello cercano al castrismo, da paso a la narración de una infancia y una juventud personales, individuales, “crónica de una vida que conjuga la pequeña y la gran historia”: la de una mujer que nace en el seno de una familia entregada a los principios de la revolución cubana, que crece bajo la tutela de abuelos instalados entre la más alta aristocracia diplomática francesa, que transita entre Europa y Latinoamérica por motivos familiares o políticos…

Y en ese vaivén, la “gran historia” se convierte en motivo y causa, escenario de protagonistas que interpelan e incomodan, ideas e ideologías que se anteponen a cualquier excepcionalidad, a cualquier consideración; un siglo XX que en su segunda mitad era el de la Guerra Fría, el de las posturas inconciliables, el de la polarización absoluta que no permitía puntos medios: la urgencia de tomar partido, la irreductibilidad de las posturas.

La suma de ambos recorridos es el de una niña que, antes de ser obligada a decidir, es enviada a campos de entrenamiento de infancias revolucionarias en Cuba, también a Estados Unidos a probar el estilo de vida de una sociedad que proponía un modelo de ser al mundo, a lo que se añade la propia experiencia europea.

En la portada del libro, Debray menor de edad, sostiene un fusil y mira desde el rostro de la infancia, sonríe, sin malicia, acepta su destino y va conformando las páginas de esta obra: testimonio privilegiado de quien vio transitar su propio tiempo y se detiene a repasar lo visto y lo escuchado, lo vivido y lo callado, contraste entre sistemas que se decantan conforme la realidad se impone y terminan en triunfo o fracaso.

Una mirada escrutadora, una narración que ahonda en las vidas de quienes al final de cuentas padecieron una época de extremos, de tensión y crítica radical, de ideas que llegaban a defenderse con la vida y que terminaron por ser fines para los que cualquier medio era válido. La mirada, al fin de cuentas, de una niñez que se recapitula de manera analítica, desde la postura de hija pero también desde la visión científica de la historiadora.

Hija de revolucionarios permite así conocer la particularidad de una experiencia de vida, la forma que se acompaña a una familia que decide entregarse a una causa, la forma en que se padece y la forma en que se goza, las dudas que se resuelven o quedan pendientes, los saldos de un recorrido que, sin ser condicionante, sí será parte fundamental de la manera en que la Persona aprende a realizar y resolver su propia existencia.

Es, en síntesis, la “microhistoria” de Luis González que facilita el acercamiento a determinados tiempos, a través de aquellas vidas que influyeron en el transcurso de los hechos: en esta ocasión, una aproximación de primera mano, de primera fila, a una época romantizada que poco a poco desmonta el aura de pureza e inocencia de sus protagonistas.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común. Twitter: @altanerias

CULTURA

 

Cabeza:

Laurence Debray: pequeña y gran historia

 

Carlos Castillo

 

Biógrafa, historiadora, Laurence Debray ha explorado en su obra la transición democrática española desde la figura del rey Juan Carlos: liderazgo clave en un momento en que las instituciones se reacomodaban, una sociedad comenzaba a reconciliarse consigo misma y las heridas de una dictadura asesina exigían la grandeza de miras de una monarquía que supo ser gozne y facilitadora de acuerdos democráticos.

De ese retrato que destaca y acentúa las habilidades personales y la vocación política necesarias para dar cauce a un sistema de gobierno, la autora se traslada en Hija de revolucionarios (Anagrama, 2018) a un entorno opuesto, que inicia en un encuentro con el entonces candidato a la presidencia de Venezuela, Hugo Chávez.

Suspicacia, desconfianza y muchas dudas sobre el futuro de un país que en 1999 sería gobernado por aquel, bajo la aspiración de construir un nuevo modelo alternativo al democrático-capitalista. Dudas fundadas que Debray capta de inmediato porque conoce a los personajes, ha convivido con ellos, ha escuchado y sido educada en torno a sus ideas, su lenguaje, sus expresiones.

Una infancia y una juventud moldeadas desde el aura de su madre, de su padre: revolucionarios, compañero, él, de la aventura del Che Guevara en Bolivia que le costaría al argentino la vida; arrestado en ese país, rescatado por intervención diplomática, intelectual consagrado de la izquierda francesa que desde 1959 se entregaba ciega a la batuta ideológica de Fidel Castro en La Habana.

Ese escepticismo inicial frente a las aventuras políticas que implica todo aquello cercano al castrismo, da paso a la narración de una infancia y una juventud personales, individuales, “crónica de una vida que conjuga la pequeña y la gran historia”: la de una mujer que nace en el seno de una familia entregada a los principios de la revolución cubana, que crece bajo la tutela de abuelos instalados entre la más alta aristocracia diplomática francesa, que transita entre Europa y Latinoamérica por motivos familiares o políticos…

Y en ese vaivén, la “gran historia” se convierte en motivo y causa, escenario de protagonistas que interpelan e incomodan, ideas e ideologías que se anteponen a cualquier excepcionalidad, a cualquier consideración; un siglo XX que en su segunda mitad era el de la Guerra Fría, el de las posturas inconciliables, el de la polarización absoluta que no permitía puntos medios: la urgencia de tomar partido, la irreductibilidad de las posturas.

La suma de ambos recorridos es el de una niña que, antes de ser obligada a decidir, es enviada a campos de entrenamiento de infancias revolucionarias en Cuba, también a Estados Unidos a probar el estilo de vida de una sociedad que proponía un modelo de ser al mundo, a lo que se añade la propia experiencia europea.

En la portada del libro, Debray menor de edad, sostiene un fusil y mira desde el rostro de la infancia, sonríe, sin malicia, acepta su destino y va conformando las páginas de esta obra: testimonio privilegiado de quien vio transitar su propio tiempo y se detiene a repasar lo visto y lo escuchado, lo vivido y lo callado, contraste entre sistemas que se decantan conforme la realidad se impone y terminan en triunfo o fracaso.

Una mirada escrutadora, una narración que ahonda en las vidas de quienes al final de cuentas padecieron una época de extremos, de tensión y crítica radical, de ideas que llegaban a defenderse con la vida y que terminaron por ser fines para los que cualquier medio era válido. La mirada, al fin de cuentas, de una niñez que se recapitula de manera analítica, desde la postura de hija pero también desde la visión científica de la historiadora.

Hija de revolucionarios permite así conocer la particularidad de una experiencia de vida, la forma que se acompaña a una familia que decide entregarse a una causa, la forma en que se padece y la forma en que se goza, las dudas que se resuelven o quedan pendientes, los saldos de un recorrido que, sin ser condicionante, sí será parte fundamental de la manera en que la Persona aprende a realizar y resolver su propia existencia.

Es, en síntesis, la “microhistoria” de Luis González que facilita el acercamiento a determinados tiempos, a través de aquellas vidas que influyeron en el transcurso de los hechos: en esta ocasión, una aproximación de primera mano, de primera fila, a una época romantizada que poco a poco desmonta el aura de pureza e inocencia de sus protagonistas.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias