Por Carlos Castillo. La migración española hacia México ha tenido épocas de apogeo, que lejos de la retórica conquistadora, reducida de común a la dialéctica de vencedores y vencidos, es parte sustancial de la transformación positiva de nuestro país. El contacto nacional con la Península Ibérica es, como todo intercambio cultural, una historia en la que el agravio queda sin duda resarcido con la aportación, con la enseñanza, con el avance técnico, con lo que de innovador, tanto en las ideas como en las costumbres ha sido importado e incorporado a la tradición local. No hay evolución, mucho menos en nuestro tiempo, que se logre en el aislamiento o desde la cerrazón de lo individual y lo nativo. Hoy es de sobra claro, cuando los muros representan heridas y las fronteras retos frente a la llegada de lo nuevo, pero las huellas de ese tipo de contacto no siempre son valoradas y muchas veces se tasan de acuerdo solamente con lo perdido, y no desde un mestizaje que es la suma de lo mejor de los mundos que se encuentran. La llegada de quienes huían de la guerra civil española durante los años treinta del siglo XX es quizá una de las muestras más claras de la riqueza que una inmigración puede aportar al país receptor. Pero el flujo español hacia México tiene durante el siglo XIX un auge que no sólo aporta ideas sino, además, trae consigo a una dinastía de comerciantes provenientes de Asturias que, muchas veces en situación de miseria, deben enfrentarse a empezar de cero, y lo hacen con resultados no pocas veces asombrosos. En su novela El metal y la escoria (TusQuets, 2014), Gonzalo Celorio traza la ruta de una familia de aquella nórdica región de España, oriunda de poblados donde el atraso social y la ilusión del Nuevo Mundo llenan la imaginación de muchos y son el impulso de unos pocos, decididos a arriesgarlo todo y probar suerte en tierras de historias lejanas, de glorias pasadas y anhelos que pronto se convierten en la certeza de que sólo mediante el trabajo arduo, el sacrificio en nombre de las generaciones siguientes, la privación momentánea que abre paso a la futura bonanza y la esperanza infranqueable, es posible aspirar a transformar la realidad personal. Narrada en segunda persona, es decir, como un monólogo que tiene a un familiar como mudo interlocutor, Celorio recorre así la historia de los años de auge del porfiriato, sus logros y enormes desigualdades, el cambio abrupto de la Revolución y las secuelas del conflicto armado en la Ciudad de México, siguiendo los pasos de una progenie que alcanza pronto la prosperidad y goza, ya en segunda generación, de una fortuna que ni herederos ni cercanos valoran en su coste de sacrificio y esfuerzo, para ser dilapidada hasta el vaciamiento final de unas arcas que no alcanzan a resistir el lujo excesivo ni los excesos desbocados. Costumbres que cambian, se resisten y poco a poco ceden a los nuevos tiempos; paisajes urbanos que transforman la memoria y convierten en edificación y desarrollo lo que antes era valle o bosque; la nueva configuración de un país naciente que, como aquellas familias, poco a poco dilapida su riqueza y condena el futuro en nombre de un efímero presente; suma de historias que podrían ser la de tantos, pero que en voz del autor son biografía personal, recuerdo que aspira a salvarse, testimonio íntimo que mediante la literatura intenta –aunque no siempre lo logra– ser universal. Nostalgia, al final, es lo que invade al lector que avanza a través de una prosa que evoca pasados dorados, recuento de tiempos donde valores como la amistad, el honor, el compromiso y el bien de una clase aspiraban a conducir las formas de vida de una aristocracia que termina apenas en ser modales refinados, atuendos que reflejan glorias pasadas, usos que ya no tienen cabida en una sociedad donde el esfuerzo personal y el mérito que debiera acompañarlo terminan en recuerdo lejano, apenas capaz de mantenerse como evocación de lo que ya no será, al menos en la vorágine de una ciudad que crece sin mesura ni orden. Gonzalo Celorio logra retratar un fragmento, minúsculo pero al final fragmento, del México que recibe al que viene de lejos. Ese país de gente generosa, pero entregado a la avaricia de unos cuantos, en complicidad quieta y silente de la mayoría. Familias que miran a la fortuna jugar sus cartas y al azar, mezclado con la propia irresponsabilidad, devolver a sus protagonistas al punto de inicio, kilómetro cero donde la memoria, gracias a la escritura, es quizá lo único capaz de soportar, de permanecer.   Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común. Twitter: @altanerias