Por Carlos Castillo. La tradición filosófica apunta, en sus cimas más altas, a ser puente y comunión, encuentro de raíces y convergencia de culturas que, en la mente del pensador, dan forma a un pensamiento nuevo, a ideas que abrevan en el ayer para estructurarlo desde el hoy y proyectar así una nueva luz sobre la humanidad. Ortega y Gasset lo vio así y lo practicó de esa manera, lo expresó claramente con aquella referencia a cuánto de la existencia individual y colectiva es fruto de la circunstancia, lo circunstancial, aquello que rodea lo particular y lo influye, lo mueve y lo modifica muchas veces más allá de la voluntad que tanto personas como sociedades pueden decidir. ¿Cuáles son esas circunstancias que rodean la vida del filósofo español? Las de un tiempo de sobra convulso: dos guerras mundiales, una gran crisis económica de impacto global, el conflicto bélico que dividió España y vio el ascenso de la dictadura franquista, Einstein y la relatividad, Hitler y Stalin, el existencialismo francés, Heidegger y el último gran sistema de la filosofía occidental… Y nada de ello le fue ajeno, todo se concentró en su propia vida tal como la retrata Jordi Gracia en la biografía José Ortega y Gasset (Taurus, 2015), soberbio trabajo de investigación que sigue la pista del trabajo filosófico, de la aventura personal, de lo familiar y de una España que luchaba por salir de lo provinciano y lo excesivamente local para, desde su pluma, desde su reflexión, insertarse en lo propiamente europeo, un proyecto que tomaría aún décadas siquiera esbozar y que padecería de los escollos bélicos que al final lo hicieron posible. El recorrido de Ortega apasiona por intensidad y ambición. La narración de Gracia es clara en reflejar los altibajos de una biografía intelectual que para llegar a su mejor fruto, el vitalismo, debe llenar planas y planas de periódicos donde se esbozan las ideas del filósofo, cuando la prensa mantenía un equilibrio entre la noticia y la reflexión profunda, hoy prácticamente perdido y relegado. También aproxima a la inmensa obra de una generación de la que aquél es maestro y decano, a veces como mentor y guía, otras como crítico e inclusive detractor. Lo mismo ocurre con los andares de Ortega por América y Europa: jamás el viaje por el sólo hecho del viaje sino, a la manera de los grandes aventureros del conocimiento, auténticas exploraciones de mundos que se abarcan en su plenitud y en sus más hondas bajezas, la mirada puesta tanto en el horizonte como en la huella que deja el pie tras cada paso, abrevando en cada encuentro, convirtiendo en porvenir lo que de otro modo permanecería como pasado. Y de ese testimonio, el gran esfuerzo intelectual por pasar del registro limitado del artículo o la conferencia a la confección filosófica que implica un sistema, esbozado por todos los medios, a veces rozado pero que jamás logra, como tal, constituirse de manera íntegra; el proyecto siempre claro a la luz de la reflexión íntima pero nunca terminado porque precisamente esas circunstancias que imponen el exilio o la franca huida, son obstáculos que atentan contra la estabilidad que exige como condición el pensamiento puro. Ortega es consciente de esa desgracia personal. Las décadas transcurren y sabe que el tiempo será insuficiente, pero el esfuerzo no ceja jamás. La enfermedad le exige a la mente concentrar su energía en la recuperación, el nuevo viaje debe trocarse por el reposo obligado, las amistades y los pares intelectuales –esos que enriquecen cualquier idea y la abren a nuevas perspectivas–, se dispersan y eligen nuevos destinos para encontrar, precisamente, esa calma indispensable. Y la dictadura como telón de fondo que evita a toda costa la posibilidad de esos remansos, que frustra mediante argucias ora burdas ora refinadas, el trabajo del filósofo que debe salir de su país, establecerse incompleto, amputado, en una frontera donde las brechas se ensanchan y dividen. El legado final alcanza para conformar una obra magnífica y ambiciosa, a veces sobrada de elitismo y clasismo pero que sin esas características jamás habría avizorado, por ejemplo, a las masas acríticas y víctimas de liderazgos demagógicos y autoritarios, la pérdida de autoridad del pensamiento que se sustituía por lo pasajero y banal, o esa España que imaginó fuera de la aldea para verla plena y enraizada por sus tradiciones, pero situada en una modernidad que fue ilusión y sueño, anhelo, frustración al final. Una biografía, la que entrega Jordi Gracia, que retrata todos los extremos personales y colectivos, y demuestra en resumidas cuentas la urgencia e importancia de un punto medio donde las ideas puedan florecer, alumbrar, guiar los destinos de la humanidad.   Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común. Twitter: @altanerias