Acudimos a un tiempo de cambios y transformaciones sociales de calado profundo. La irrupción y normalización del populismo como alternativa dentro de las sociedades democráticas, utilizando los mecanismos democráticos, pero proponiendo la transformación de esos mecanismos por otros más autoritarios, de mayor concentración de poder, trae consigo una serie de gobiernos y de oposiciones, tanto a la derecha como a la izquierda del viejo mapa político, que representan un riesgo para la democracia de libertades y consensos.

No obstante, hay en medio de la narrativa, las propuestas, los discursos y las acciones de este populismo algunas razones que llaman a la reflexión: por mencionar solo México, la denuncia –que no solución ni siquiera remota– de la desigualdad y las múltiples brechas que dividen al país, el llamado contra una corrupción que más allá de lo económico lacera el funcionamiento correcto de las instituciones, las de justicia, las de representación, las privadas y las públicas.

La urgencia de atender esas razones es imperativa, porque son demandas legítimas y necesarias. Y sobre todo, porque son las que alimentan un discurso demagógico que una vez en el poder implementa soluciones ineficaces, divide a la ciudadanía en una polarización cada vez más riesgosa y termina en naufragios del tamaño de la utopía ofrecida.

Es decir, es tan necesario como conveniente. La raíz de desigualdades que alimenta del populismo es cierta y a partir de esa coincidencia, de ese punto en común, es posible cuestionar una concepción del bien común que, al paso de los años, ha generado esas brechas cada vez más notorias, más visibles, más hirientes, porque a lo que acudimos al presenciarlas es a la injusticia que gracias a la tecnología hoy además puede ser vista, puede tener un rostro, ser persona y presenciarse en tiempo real.

El filósofo estadunidense Michael Sandel arroja esa pregunta: ¿por qué nuestra idea de bien común y nuestras formas de alcanzarlo generaron tales divisiones? ¿De dónde surgen? Y aventura una respuesta: el mérito y el esfuerzo individual como herramientas para salir de la desigualdad son insuficientes para lograr paliar las desigualdades que ha generado el sistema político-económico.

Y no porque ese sistema sea malo per se (en los últimos cien años ha sacado a más personas de la pobreza que en toda la historia de la humanidad), sino porque ha llegado un punto en que esa desigualdad, esa corrupción y esas brechas múltiples han alcanzado representatividad, es decir, un espacio en el espacio público.

No es menor el desafío que arroja Sandel. En La tiranía del mérito. ¿Qué ha sido del bien común? (Debate, 2020) cuestiona a la llamada meritocracia porque parte de la premisa que sí hay una desigualdad de origen que afecta a las personas, que influye en su desarrollo, en el acceso a oportunidades: educación, empleo, salario, renta… En su capacidad de aspirar a ser lo que cada quien sueñe ser, y que el mérito, el esfuerzo, las capacidades, son insuficientes para paliar unas brechas ya demasiado amplias, que imponen un régimen que se torna tiránico, que humilla y condena al fracaso, y que frente a eso estamos obligados a pensar soluciones.

Lo que Sandel propone es entender que la división que generan esas brechas ha llevado a que la sociedad, la comunidad, se fraccione, se divida y se distancie a partir, precisamente, de perder lo que la lleva a ser comunidad: lo común. Porque lo común que hoy reúne a la ciudadanía se reduce a un “bien común consumista” incapaz de trascender lo individual, lo propio. Frente a ello existe un “bien común cívico” que se sustenta en la necesidad de encuentro con ese otro que, habiendo ya irrumpido en la vida pública, apela por principio a esas desigualdades, que urge su inclusión como eje de análisis, de sus argumentos y sus razones, de sus necesidades y legítimos intereses.

Y las razones para hacerlo no son pocas. Desde la visión humanista, pone a prueba un modelo de solidaridad que debe resolver, por principio, la manera de buscar coincidencias con el otro, de anteponer la empatía a una radicalidad polarizante en la que los dos extremos se anulan, se niegan: de ofrecer una vía alternativa. Desde la visión pragmática, porque el cambio hacia modelos autoritario-estatistas no asegura ni mucho menos augura una opción mejor.

La tiranía del mérito plantea una alternativa que cuestiona, que hace una crítica a uno de los conceptos pilares del humanismo, de la Doctrina social de la Iglesia católica, de nuestro propio tiempo: el bien común. Una alternativa que plantea el aggiornamiento que nuestra realidad exige a esas ideas que, en congruencia con la propia tradición humanista, mantienen su vigencia porque son capaces de mirarse a sí mismas, cuestionarse y modificarse. Como fue el Humanismo integral de Maritain: capaz de dialogar con la otredad, con la diferente, con las nuevas manifestaciones de la pluralidad.

 

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias