Por Carlos Castillo. La muerte de Umberto Eco, el pasado 19 de febrero, es ocasión dolorosa, pero también oportuna para releer su obra: adentrarse en los universos construidos a partir de una literatura que siempre eligió el contexto histórico, el relato del pasado, escenarios construidos con minucia, dedicación y esmero para acercar tiempos remotos a nuestros ojos y, mediante la palabra, proyectarlos en la imaginación. Lo anterior, por lo que toca en específico a la novelística del italiano. Y es que, como bibliófilo y amante del saber, Eco fue mucho más que un contador de historias. Sus reflexiones sobre estética, sobre semiótica o historia del arte, sobre las nuevas tecnologías o la difusión del saber fueron, casi siempre, lúcidas y atinadas, envueltas de ironía y sarcasmo pero con la precisión y exactitud para resultar incómodo, para erigirse contra modas o tendencias y esclarecer los nubarrones que en no pocas ocasiones oscurecen un presente cada vez más fugaz e inasible, líquido, en palabras del pensador polaco Zygmutn Bauman. Así, su trabajo como intelectual, y más que intelectual, como humanista –entendido el término como una propensión a devolver al Hombre su centralidad en cada rama del saber que abordó–, podría calificarse como la de quien busca arrojar luz, iluminar, sacar de las sombras aspectos del presente o del pasado que han quedado al margen, mal comprendidos o mal interpretados por la propia tradición. Esta afirmación puede constatarse desde aquel enorme monumento sobre la Edad Media que es El nombre de la rosa, novela magistral que así como es capaz de retratar el miedo, la ignorancia o el saber reservado a unos cuantos, también da forma a un universo magnífico por su descripción cotidiana de una época que deja claramente de ser “oscura” para entenderse en toda su dimensión, lejos del habitual maniqueísmo con que suele definirse para poder así valorarse en su inmensa riqueza, avances, desarrollo y cimas. Ocurre lo mismo respecto de ese tiempo con Baudolino y con El péndulo de Foucault, donde las fronteras de un pasado que rozaban lo fantástico –a la manera en que puede encontrarse en los bestiarios medievales o en la ciencia más arcaica, cuando la naturaleza estaba íntimamente ligada con el saber– se desdibujan para incorporarse a lo cotidiano y trazar la vida de los hombres; el esfuerzo del autor en estas y otras obras no pasa, qué duda cabe, por la complacencia o el lugar común sino que, por el contrario, es fruto del conocimiento amplio y el estudio dedicado, de la búsqueda del detalle, de la descripción que ayude a mejor comprender o a hacer a un lado los prejuicios históricos que arrinconan periodos enteros, en vez de explicarlos en su magnitud y riqueza. Labor, así, de profesor; vocación, irrenunciable, de historiador; vena, también, de narrador, reunido todo en una prosa que igual emplea lo policíaco, el realismo o la imaginación más refinada de la creación literaria. Hay otra veta narrativa que explora Eco, perfeccionada y popularizada en el Renacimiento, y que es la epístola, en un pequeño libro que, no obstante datar de finales del siglo XX, sigue irradiando certezas para los tiempos cada vez más confusos del siglo XXI: ¿En qué creen los que no creen? (Taurus, 1997), intercambio con el cardenal Carlo Maria Martini que refleja el pensamiento del sacerdote jesuita y del laico sobre temas aun hoy sensibles y pendientes. El argumento central de estas 114 páginas es la búsqueda de un espacio común donde todas las religiones y la humanidad en su conjunto, más allá del credo, puedan coincidir en una ética que garantice la posibilidad de la convivencia, de la construcción de lo común, de la formación de una zona donde se zanjen las diferencias en nombre de lo que es compartido de manera general, universal, por la raza humana. Esto es, una ética que trascienda lo diverso o que pueda erigirse sobre los valores de la especie. Así, los miedos de la humanidad en su conjunto, la bioética y la clonación, la otredad, el choque de civilizaciones a raíz de la migración, o el aborto, por hablar de los temas “laicos”; o el celibato, la participación de la mujer en el sacerdocio, el papel de la religión en la vida, la posibilidad de una moral sin referentes de trascendencia, por hablar de los argumentos del catolicismo, representan, como suma, una reflexión donde dos visiones demuestran que lejos de las discrepancias hay acuerdo posible, hay respeto y argumentos profundos, hay la posibilidad de afrontar el vacío que señalara Lipovetsky con certezas que trascienden las diferencias y son capaces de resignificar lo humano. Un libro pequeño pero que, como toda la obra de Umberto Eco, representa un faro que ilumina el camino a seguir, que recupera lo que se pierde o se esconde en el pasado y proyecta, desde la palabra y su enorme valor, un futuro posible: otra forma, diferente y, al menos desde las ideas, más idóneo para dar cauce al porvenir. Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común. Twitter: @altanerias