Por Carlos Castillo. Los grandes protagonistas de la literatura guardan en sus nombres las más altas cimas y los fondos más oscuros de la naturaleza humana: del Aquiles homérico al Javert de Víctor Hugo, del Virgilio dantesco al Pantagruel rabelaisiano, de la Medea de Séneca al Pedro Páramo rulfiano, cada uno supera a su propio autor, se confunde con la mente que trazó sus rasgos distintivos y se inscribe en la historia literaria (que es la de la humanidad) como un nombre único, singular, que contiene en sí mismo el espejo en el que el lector se refleja y termina, en alguna medida, siempre, por identificarse. El trazo de esos personajes distintivos es uno de los mayores retos del quehacer literario. Captar en una individualidad aquello que de común tienen todos los hombres es lo que determina y condiciona la trascendencia, hasta el punto que en no pocas ocasiones se recuerda más a un protagonista que a su propio creador. Aureliano Buendía, La Maga, el Quijote, Julian Sorel o Werther sobreviven así a García Márquez, Cortázar, Cervantes, Stendhal y Goethe, casi independientes, como si su vida de tinta fuese una real y no dependiera de quien los hizo nacer. Meursault es el personaje, siguiendo esa línea autosuficiente, con el que Albert Camus, en El extranjero, retrató el vacío de su tiempo. Novela de pocas páginas y una profundidad abisal, aparecida en 1942, fue el vehículo en el que una generación que padeció dos guerras mundiales pudo transitar hasta el absurdo que representó la muerte por la muerte misma, el exterminio selectivo y masivo de inocentes, aquello que Hannah Arendt llamara “la banalidad del mal”. Así, con la muerte de un árabe a manos de un francés, en la Argelia que anunciaba ya el resquebrajamiento final de la etapa colonial, y un juicio donde el absurdo hace las veces de la justicia, la trama de la obra transcurre en la impasibilidad de un calor abrasante que se transmite a lo largo de breves pero incisivos capítulos. Y es precisamente ese personaje camusiano el que, desde este nuestro siglo XXI, vuelve a habitar el libro que el argelino Kamel Daoud dedica a desdoblar una historia que busca ahondar aún más en el asesinato de aquel árabe desde el punto de vista de sus deudos: un hermano y una madre que pierden al familiar y que son ajenos al relato original, pero que con enorme maestría aparecen de manera paralela para exigir cuentas, para reclamar el anonimato que hizo víctima de un crimen a alguien a quien el propio Camus jamás da un nombre, pero que Daoud bautiza para humanizarlo, para devolverle su estirpe y su raíz, para saldar la duda que toma veinte años para desentrañar lo que ocurrió con un muerto que desaparece, que no tiene entierro y que deja de importar porque el eje de El extranjero, en ese absurdo existencialista que la distingue como obra cumbre de su género, es el asesino, no el muerto. Galardonada con el Premio Goncourt de Primera Novela 2015, Meursault, caso revisado (Almuzara, 2015) es un diálogo con el Nobel de Literatura de 1957. Es asimismo un reclamo por sus omisiones, por su tratamiento de aquel árabe anónimo, por su estilo de términos precisos, sin concesiones ni adornos (“Escribe tan bien que sus palabras parecen piedras talladas por la mismísima exactitud. Tu héroe era una persona muy severa con los matices, casi lo convertía en matemáticas. Infinitos cálculos a base de piedras y minerales”). Pero no es sino la increpación que se hace, más que a un escritor, a una época determinada, de caos e independencias, de venganza y ajusticiamiento, cuando la muerte se convierte en la herramienta para saldar las injusticias que los hombres no son capaces de solucionar, es decir, cuando la muerte puede justificarse, aunque permanezca siempre sin entenderse. La prosa de Daoud emula la de Camus, le paga con la misma moneda. Incluso jamás lo llama por su nombre, a pesar de las múltiples y reiteradas referencias a su obra; en ocasiones es escritor, otras héroe, pero jamás el apellido que lo identifica como referencia. Y así como El extranjero tuerce el sentido de lo humano para hacerlo presa de cualquier elemento –sea el clima, el humor o el hartazgo personal–, también en Meursault, caso revisado prevalecen la apatía, el rencor, la indiferencia o el automatismo como móviles para la acción, recordando lo cíclico de la historia, que aquello que no termina por cerrarse de manera adecuada tomará por asalto cuando menos se le espere, que el destino es parte lo que uno hace y busca, pero también que sobran circunstancias incapaces de predecirse y que ponen todo de revés, ajeno el universo al dolor o a la dicha, repitiendo sus mecanismos de resortes desconocidos para dibujar la vida y la muerte. El gran mérito de la obra de Daoud es, de este modo, perpetuar el drama iniciado setenta años antes, demostrando que la naturaleza humana es la misma cuando lo que la guía son los instintos más indolentes. En el mismo sentido, es notoria la capacidad de hacer creer al lector que el personaje inventado, que la historia relatada en 1942, podría ser real, y que en alguna parte una familia mermada persiste a la espera de que el nombre de un muerto termine por ser más importante que el de su asesino. Maestría de la narrativa y la escritura. Miseria de un tiempo que, así como esta historia, reaparece cada tanto, una y otra vez.   Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común. Twitter: @altanerias