Por Javier Brown César. “Acción Nacional no puede estar ligado nunca a ningún episodio electoral”. Con esta lapidaria frase, Efraín González Luna dejó en claro, desde 1939, que el Partido no puede fincar su acción política únicamente en la participación episódica en elecciones. Quien fuera el primer candidato a la Presidencia de la República en 1952, y un actor fundamental de las históricas jornadas de 1939, participó el 16 de septiembre en lo que se puede considerar el primer gran debate en la historia del naciente Partido. El debate giró en torno a la participación o no en las elecciones federales y en el apoyo a la candidatura de Juan Andrew Almazán, quien en ese entonces enarbolaba un programa político de “primitivo eclecticismo”. González Luna defendió varias tesis fundamentales sobre la naturaleza de Acción Nacional y el quehacer político. Uno de los ejes principales de su discurso fue la tensión entre la visión de corto plazo que apuesta a una acción política de naturaleza reactiva, contra la apuesta por el futuro y la acción política ordenada. Para el destacado abogado jalisciense, nacido en Autlán, la técnica de salvación “no es otra cosa que el reconocimiento de la preeminencia indiscutible de los valores permanentes y definitivos sobre las contingencias; la técnica de salvación no es otra que la inclinación respetuosa ante todo lo que es y dura para siempre, aunque sea amargo, aunque sea doloroso, sobre lo que acontece y se esfuma en un momento efímero, aunque sea sonriente, aunque sea dulce. La técnica de salvación no es otra cosa que la subordinación del episodio y de la anécdota al destino”. La técnica de salvación significa ir más allá de la calentura electoral del momento e incluso en aquel entonces, implicaba abstenerse de participar en las elecciones presidenciales, que fue la postura que defendió González Luna: “Acción Nacional no puede fincar, no puede arriesgar, mejor dicho, el tesoro inestimable de sus posibilidades de salvación futura de México, en el episodio efímero, contingente, de la elección próxima”. Desde 1939 quedó configurada la esencia del actuar de cada panista, centrada en la búsqueda inquebrantable de las raíces de nuestros males y dolores, en el cambio profundo de las estructuras que causan desarmonía e injusticia en la vida de las personas y en la transformación de la patria. Acción Nacional: “ha puesto la inteligencia y el corazón, la vida toda, las posibilidades todas de acción de cada uno de sus miembros, en la tarea de conocer y remediar los problemas nacionales, para llegar hasta su fondo, para escudriñar la realidad nacional, para buscar una transformación de estructura, para cambiar el signo de la vida y de la historia de México”. Es por ello que es contraria a la naturaleza del Partido la activación episódica de las estructuras en función de cada proceso electoral. No debemos convertirnos en una opción política oportunista, en un partido cacha votos, sin principios firmes y sin identidad. Adoptar la técnica de salvación, como postulado básico de la acción política, implica renunciar permanentemente al egoísmo y a la mezquina subordinación del interés nacional al interés personal: “lo que yo niego es que alguno de los miembros de Acción Nacional, para resolver su problemas de conducta personal, tenga el derecho de comprometer la responsabilidad del partido como partido”. González Luna se pronunció en favor de la abstención en la participación de las elecciones, ya que privilegió la conquista de un valor superior: “Se trata… del problema de la salvación de la patria, y no es sometiéndose a las exigencias efímeras de una angustia presente como esa salvación se obtiene. Se trata de la salvación de la patria, no es la preocupación, por lo demás legítima, de apartar la tortura que nos agobia, de apartar el dolor que nos estrangula, de sacudir la cadena que nos esclaviza, sino la preocupación de echar la simiente de la vida ordenada, limpia y libre, sana y robusta para siempre, lo que debe señalar nuestro camino”. Acción Nacional le propone a cada militante una lucha ardua, llena de sacrificios y no una opción política acomodaticia y fácil. Por eso, no nos debe preocupar que nos abandonen las masas volubles e inestables, que un día apoyan a quienes en el pasado les causaron grandes daños y al otro día apoyan a quienes les prometen soluciones fáciles y mentirosas. Como bien lo dijo Efraín González Luna: “Somos un partido de doctrina, un partido no de doctrina mínima, sino de exigencias máximas”. Por ello, “la clase de adhesión que Acción Nacional desea tener y necesita tener, e indefectiblemente tendrá del pueblo mexicano, no es la adhesión pasajera, la fiebre efímera de una agitación electoral… nosotros necesitamos convicción honda y decisión más honda todavía para cumplir la tarea que hemos asumido”. Es por ello que un Partido de principios como el PAN demanda una militancia con principios, confiable, comprometida e idealista que “subordina lo secundario y relativo a lo fundamental y absoluto… Acción Nacional, hemos de entenderlo desde luego, así como tiene un programa de principios debe contar y tiene que contar alguna vez con los hombres adecuados para la realización de este programa de principios”. Más allá todavía, los panistas de ayer y de hoy, somos un mero episodio, una anécdota en la historia de Acción Nacional. Estamos destinados a trascender a través de los demás y en ocasiones, muy a pesar de nosotros mismos. Porque a final de cuentas, lo no episódico, lo permanente, es la lucha política de un Partido que se ha atrevido a defender los más altos ideales del humanismo político, como una doctrina que ubica a la persona en el centro de la acción política. Mal haríamos en pretender que nuestro vano y episódico protagonismo debe ser el eje en torno del cual giran las aspiraciones y los ideales del PAN. Todo lo contrario, somos parte de una acción auténticamente nacional que busca que el pueblo de México tome en sus manos su destino y que en cada elección pueda razonar su voto y no ser rehén de quienes compran el sufragio a cambio de bienes temporales. La tarea es ardua y el camino difícil, por ello Gómez Morin hablaba de brega de eternidad y González Luna reflexionaba en aquellas históricas jornadas de 1939: “No nos espante, señores, la visión de una tarea de no sabemos cuántos años, de la tarea modesta, callada, pero enormemente eficaz, radicalmente definitiva, de orientación y organización, sin la cual no existe actividad política seria, responsable, capaz de triunfar definitivamente”.