La próxima campaña electoral deberá ser diferente, única, original. No nos encontramos ante una elección trivial, ante un proceso electoral más en el que se busque cambiar a quienes se adueñan del poder por otros igual o peor de voraces. No. Se trata de lograr un cambio radical de las reglas, una destrucción estructurada del régimen -más no del gobierno- el cual es ya insostenible desde hace décadas.

El clamor surge de las entrañas de la tierra después de una pandemia que ha desolado familias, arrasado patrimonios y herencias, destruido negocios, condenado vocaciones y arruinado futuros. Las personas, las familias, los individuos ya no se conformarán con promesas de volver al pasado institucional o por un nuevo orden político, económico y social. La coyuntura nos obliga a ser radicales, innovadores, únicos.

No se trata de cambiar sólo a los poderosos sino de cambiar las reglas bajo las cuales opera el poder, de invertir la dinámica tradicional y subordinar para siempre a la política y los políticos ante el luminoso rostro de la persona que hoy está siendo concebida. Hay que cambiar para siempre la lógica del juego para que cada nueva promesa de humanización se realice en un mundo en el que el futuro es cada vez más incierto.

Hay que reconstituir al Estado. No es posible mantener por más la renuncia a garantizar sus funciones mínimas esenciales, esas que le dan legitimidad y sustento, fortaleza y prestigio: salud y educación públicas de calidad, seguridad, desarrollo económico, cuidado del medio ambiente, movilidad, sentido de destino nacional y unidad de propósito. Solidaridad ante todo, ante los retos que deben enfrentarse de forma colectiva, nunca más de forma individual y menos confiando en la aparente aura de lucidez y genialidad de una sola persona.

El miedo generalizado que hoy se vive ha destruido la confianza en discursos y argumentos, en propuestas que buscan restauraciones románticas o futuros que sólo son atractivos para unos cuantos. La desigualdad, la falta de reconocimiento, la marginación y la discriminación son lacras que demandan una revolución radical de las mentalidades, principalmente de las de quienes nos han de gobernar.

El poder que impone, que sojuzga, que limita y etiqueta es ya una lacra para sociedades que deben transfigurar al poder para que sea servicio, entrega, donación, solidaridad. No más un poder que se concentra y alimenta a sí mismo, cual caníbal que sólo sabe de dietas que acaban con la salud y la vida. El poder enferma hoy, porque muchos de quienes aspiran a disfrutar de las mieles de los cargos públicos sólo buscan empleo, acomodación, prestigio aunque sea efímero y dinero aunque sea mal habido.

Ya no estamos más ante la confrontación de proyectos de izquierdas o derechas, sino ante la necesidad de recuperar lo estatal, la política, la administración pública y el servicio públicos en lo que tienen de noble, de decente, de pulcros, de limpios. Hay que ser radicales en esta campaña para ir a la raíz de nuestros males, sin tibiezas ni cautelas innecesarias, pero también sin temeridades absurdas o impulsos caprichosos; todo bien meditado y medido, la técnica al servicio de la mística y ambas al servicio de un ideal moral superior.

Acción Nacional tiene que regresar a sus orígenes y dar la batalla como una fuerza política con calidad moral, con candidatas y candidatos respetados y respetables, con propuestas que tengan sentido tanto para quienes prosperan día a día como para quienes sobreviven en el trajín diario. Hay que criticar al régimen que hay que desmontar, no al gobierno que hay que reemplazar. En la Primera Convención Nacional de 1939, Manuel Gómez Morin afirmó: “Lo importante de una campaña electoral no es precisamente el voto, sino el aprovechamiento de la oportunidad periódica que esta campaña brinda para hacer el balance del régimen… La mejor manera de aprovechar la campaña electoral es haciendo el balance del régimen, la liquidación del régimen, porque es así, como se hace uso del único instrumento real para derrumbar a un régimen con el que no se está de acuerdo…”.

No se trata de armar golpes de Estado, ni de tramar conspiraciones para derrocar a los tiranos en turno, sino de demoler para siempre el cruel edificio que perpetúa la existencia de tiranos y que los alimenta sin cesar. No se trata de violentar a unos contra otros, sino de cambiar a profundidad las reglas que rigen nuestra diaria convivencia, porque eso es el régimen; ante todo cambio cultural y no sólo de autoridades, esto es lo que hay que lograr.

El balance de nuestro régimen, muestra sin duda su incapacidad de cambio, su inmensa capacidad para adaptarse y absorber por igual a quienes tienen voluntad de cambio y a quienes tienen voluntad de poder. Por ello, hay que cambiar las reglas, hay que ser radicales, ir a la raíz de nuestros males y desde ahí hacerse cargo de la angustia, de la ansiedad, de la desesperación de millones de personas que ven pasar un gobierno y otro para seguir la vida sin más. Esas personas no quieren saber más del pasado, pero están ciertamente dispuestas a hacerlo casi todo para cambiar para siempre su futuro.

Esta campaña que se avecina es una apuesta por el mañana, una confrontación entre futuros posibles cuyo resultado favorecerá a quienes sean capaces de traducir la indignación en acción y el coraje en colaboración solidaria transformadora. Fue también en aquella histórica Primera Convención que el fundador del PAN dijo claramente que hay una técnica de la victoria: “Queremos la victoria, y es por lo que debemos usar esa técnica; no deseamos la victoria para nosotros, queremos la victoria para el bien de México”.

Vayamos a la campaña, no con el prurito de ganar una silla curul o un espacio en los ayuntamientos o gubernaturas. No se trata de desocupar las oficinas que hoy unos ocupan para que otros nuevos los ocupen sin siquiera alterar las desastrosas guerras del juego político que hoy, en todo el país, generan más desigualdad, indiferencia, indolencia, coraje y divisiones.

Vayamos a estas elecciones con gozo y alegría, pero no con la de quienes se saben ciertos de un cargo para beneficio personal y de su grupo, sino con la de quienes sienten vibrar el entusiasmo de la oportunidad de servir a México, sin odio, sin reservas, sin apetitos personales, sin resentimientos ni resquemores. Vayamos con profesionalismo y entrega con dedicación y vocación sabiendo que tal vez en esta elección se juega el futuro de millones y no sólo la prosperidad de quienes buscan reemplazar a quienes hoy están en el poder o quienes estando en el poder lo buscan perpetuar. Parafraseando a algún estadista latinoamericano que es hoy muy citado digamos que no se trata en esta jornada de definir quienes serán nuestros nuevos amos, sino de dejar de ser siervos para ser, al fin, soberanos.

 

Twitter: @JavierBrownC