Javier Brown César. En 1939 el Partido Acción Nacional nació democrático, en un entorno caracterizado por la popularidad de regímenes totalitarios que lograban altos niveles de desarrollo económico a cambio de negar las libertades básicas de la ciudadanía. A lo largo de su historia, el Partido ha sido uno de los principales artífices de la transformación democrática de México. Fue hasta finales del siglo XX que las personas comenzaron a hablar de democracia y a enarbolar las causas principales de un régimen abierto, plural e incluyente, en el que cada persona valía un voto y en el que cada voto era contabilizado en las elecciones. Después de 71 años de lucha el Partido logró la alternancia en el poder al conquistar la Presidencia de la República, con lo que la democracia entró de lleno en la vida política de México. La conquista de la democracia fue una larga lucha que significó esfuerzos descomunales. Las vidas de quienes fueron auténticos mártires de Acción Nacional se perdieron en la defensa de la imparcialidad de los órganos electorales, la competitividad del sistema de partidos y la realización de elecciones libres. Después de décadas de contiendas y debates el PAN logró construir las condiciones institucionales básicas para la realización de un régimen democrático: un sistema de partidos plural, órganos electorales imparciales, mecanismos de contabilidad de los votos y autoridades jurisdiccionales que dirimieran las controversias que se suscitaran a raíz de los procesos electorales. Gracias al impulso reformista del Partido fue posible construir las instituciones básicas que garantizaron la legitimidad de origen del régimen democrático. Después de esta intensa lucha que duró más de seis décadas, se realizaron las reformas que hicieron que el proceso democrático se abriera a la ciudadanía, a partir de órganos que garantizaron la transparencia de las decisiones públicas y de sistemas de rendición de cuentas que le informaron a la ciudadanía en qué se utilizaban los recursos públicos. La administración pública se profesionalizó con nuevas condiciones para el acceso y permanencia de los servidores públicos; las compras y adquisiciones del sector público se hicieron más transparentes y exigentes, erigiéndose reglas e instituciones que abrieron la política a la ciudadanía, garantizando una interacción más ágil y responsable. A pesar de estos logros extraordinarios, que transformaron para siempre la forma de hacer política, muchos ámbitos de la administración pública mantuvieron las viejas inercias: algunos procesos de toma de decisiones siguieron dándose bajo una lógica vertical, se mantuvieron viejos monopolios y cotos de poder, y no se desterró del todo la corrupción. Con la perspectiva que nos han dado dos años en la oposición sabemos que muchas de las condiciones institucionales no se transformaron, pero de manera más importante aún, la cultura cívica de la ciudadanía no cambió al ritmo que se requería y muchas prácticas autoritarias han regresado. La cultura cívica está conformada por el conjunto de actitudes, valores y perspectivas que las personas tienen hacia la política y hacia los asuntos públicos. Durante décadas la ciudadanía ha mantenido una cultura de bajo perfil, más apta para los sistemas autoritarios que para la plena vigencia del régimen democrático. Hoy día prevalece un alto desinterés en los asuntos públicos, un bajo nivel de información sobre lo que pasa en política y una opinión pública poco informada o que se atiene a lo que medios masivos, que poco compiten entre sí, tienen como consigna transmitir. Persisten todavía bajos niveles de asociacionismo, en el sentido de que pocas personas forman parte de varias agrupaciones sociales a lo largo de su vida, lo que obra en detrimento de la formación de redes ciudadanas, que se hagan cargo de los principales temas y problemas que se dan, día a día, en el ámbito público. Lo público sigue siendo, al día de hoy, un dominio privado y para muchas personas un ámbito poco transparente en el que las decisiones se toman de manera poco clara y confusa. Los niveles de participación y debate siguen siendo bajos y los medios masivos operan bajo un modelo de competencia monopolística, que implica que hay poca diversidad ideológica. Los retos para que se tenga una democracia plena son todavía importantes. Gran parte de la ciudadanía ha caído en el conformismo que se deriva de sus modestas conquistas económicas o duerme a la espera de que un mesías providencial la despierte. Ninguna democracia puede prosperar con una ciudadanía pasiva, expectante y episódica, que basa su participación en procesos que se dan cada tres años. Parecería una verdad simple, pero para que haya democracia plena y vigorosa se necesitan demócratas y para que haya demócratas deben prevalecer en la sociedad los principios, valores y virtudes que constituyen las bases de un régimen abierto, incluyente, plural, basado en el diálogo y la participación. Hoy día, el gran pendiente es la vigencia y el vigor de una ciudadanía activa que exija sus derechos en la misma medida en que está dispuesta a cumplir con sus obligaciones. Después de 75 años de lucha, Acción Nacional todavía tiene suficientes motivos espirituales para seguir esforzándose, en cada barrio, en cada plaza y en cada espacio de poder, hasta que el orden democrático llegue a cada rincón de la patria. Si bien la democracia no da prosperidad, es muy difícil lograr un pleno desarrollo económico en un país manchado por el autoritarismo y la injusticia. La democracia no remedia todos los males, pero genera los mecanismos y las instituciones que permiten procesar en común aquello que es absolutamente necesario para lograr el bien común. La democracia debe dominar de forma unánime en todos los procesos internos de toma de decisiones, de elección de candidatos y de dirigentes. Sólo a partir de la plena vigencia de la democracia interna es posible construir un orden político que sea la base de una patria generosa. Sólo a partir de panistas convencidos con los ideales y principios democráticos será posible rescatar a México de las garras del autoritarismo y despertar a la población del largo sueño de quien espera la dádiva que se da cada tres años para ganar elecciones, pero que genera esclavitud cuando no hay procesos electorales. Hoy, más que nunca, es la hora de luchar en favor de la democracia, para lograr el cambio que es tan necesario para el pueblo de México. Si bien es cierto que la democracia no remedia todos los males, también es cierto que sin democracia los anhelos de las generaciones actuales son cada vez menos alcanzables y que el dolor humano que se puede evitar, se mantiene como una llaga permanente en el corazón de la nación.