Creo que fue Carlos Castillo Peraza el que dijo que había leído tantas veces la esquela mortuoria del PAN que había comenzado a sospechar que era inmortal. Y lo cierto es que, en los momentos actuales, esa frase adquiere una actualidad tremenda. En los últimos 10 años, analistas y comentócratas aseguraron el fin de Acción Nacional al menos tras perder la Presidencia de la República en 2012 y tras el triunfo de Andrés Manuel López Obrador en 2018. Pero lo cierto es que las elecciones del pasado 6 de junio han dejado claro que el PAN es el principal partido de oposición y la alternativa ideológica y cultural al lópezobradorismo.

Precisamente por eso, el PAN tiene grandes retos que atender si quiere ser fiel a su misión como instrumento ciudadano para conquistar el bien común.

Empiezo por lo que respecta a su organización interna. Cada vez parece más evidente que el modelo actual requiere una modificación que premie la capacidad y el trabajo, y no solamente el control de padrones. Hay toneladas de talento político desperdiciado en el Partido, personas que no son consideradas para candidaturas y espacios de decisión simplemente porque no pertenecen a algún grupo de poder interno. El PAN debe volver a incentivar el mérito, el trabajo social e intelectual, el liderazgo ciudadano. Debe abrirse a todos aquellos mexicanos que observan con estupefacción la pesadilla que ha supuesto para el país la mal llamada “Cuarta Transformación”.

Precisamente ahí está, estimo, el segundo gran reto del Partido: lograr articular un auténtico proyecto cultural alternativo a lo que representa el lópezobradorismo. Y es que un partido que no defiende una visión del mundo, un ideario, unos principios y unos valores, es simplemente un sindicato de políticos que buscan repartirse espacios de poder.

Hay que reconocer que AMLO y su movimiento han construido una narrativa potente, un discurso articulado, un relato tan falso como seductor (aunque cada día más devaluado y desacreditado). Frente a eso, el PAN debe volver a hablar con claridad y con posturas definidas acerca de los grandes temas humanos, de los valores, de la cultura, de los principios, del bien, de la verdad, de la belleza, de la historia, del sentido de las cosas, de aquello que es capaz de estremecer a los ciudadanos y llevarlos a la acción.

Acción Nacional tiene que defender sus ideas con apertura y racionalidad, pero también con valentía y convicción. El voto por el PAN no puede ser el del descarte –“ni modo, porque no tenemos de otra”—sino el de la fuerza del espíritu que incorpora un sentido épico a actuar, igual que lo hizo durante las largas décadas de la noche priista y al igual que, hay que reconocer, lo ha hecho a lo largo de su carrera el inquilino de Palacio.

Si las democracias están sucumbiendo frente al populismo ha sido, también, por su vaciamiento discursivo y su inanidad simbólica. No todo puede ser el necio procedimiento frente al fuego narrativo de los competidores autoritarios. Decía Agustín de Foxá que nadie da la vida por el sistema métrico decimal.

Si se pretende apelar a la movilización cívica se debe convocar a grandes causas y a través de grandes relatos, no por la racionalidad administrativa o tecnocrática. Urge rescatar aquella “antropolítica” a la que se refería Edgar Morin: una política que, sin ser totalitaria, sí abarque la totalidad de las preocupaciones de las personas; una política racional, sí; pero también sentimental y emocional. Una política, en suma, humanista, integral, multidimensional, que no se deje disolver por lo administrativo, lo técnico, lo meramente económico.

 

Fernando Rodríguez Doval es Secretario de Estudios y Análisis Estratégico del CEN del PAN.

Twitter: @ferdoval