Un sistema democrático sólo es estable en el largo plazo si cuenta con una ciudadanía orientada por una cultura cívica democrática. Esta perogrullada hiere de manera frontal a naciones caracterizadas por una larga tradición de autoritarismo, cerrazón, opacidad, clientelismo y subordinación incuestionada a las autoridades.

El autoritarismo desmonta en sus raíces los procesos de ilustración colectiva, los dinamita en sus intentos de libertad y en sus afanes de autonomía. El gran ideal de la ilustración, propugnado por Kant en su señero escrito, es la liberación de las personas de toda forma de tutela para llegar a la mayoría de edad política que consiste en ser capaz de pensar por uno mismo. ¡Sapere aude! Atrévete a saber por ti mismo es el motivo principal de todo proceso de ilustración en el que sólo puede haber participantes, a decir de Jürgen Habermas.

El gran lastre de todo sistema autoritario es la premisa de que la ilustración colectiva debe inducirse de forma vertical, bajo un modelo bancario denunciado por Paulo Freire, que sólo consiste en depositar conocimientos, de forma acrítica, sin desarrollar el potencial inusual de la razón para abrirse a nuevas realidades y a nuevos mundos, saliendo así del parroquialismo propio de una cultura política encerrada en sí misma, y sumamente orgullosa de sí, pero incapaz de valorar lo extranjero.

La crítica, desde Kant, es ante todo el proceso a partir del cual las personas se forman un criterio propio, independiente de toda influencia que pretenda desarrollar una tutela permanente sobre la ciudadanía. La crítica es entonces un instrumento al servicio de la liberación y de la plena libertad con responsabilidad.

En un entorno de aislamiento global, pueden prevalecer las lógicas autoritarias de control de individuos insulares que viven en sus propios islotes de realidad, alejados de los procesos de formación colectiva de una razón pública, que se consolida gracias a una prensa libre, independiente y crítica. El aislamiento no sólo nos reduce a nuestras esferas de influencia y control, también nos puede llevar a la locura, las adicciones o la más profunda depresión.

Las historias de personas arrojadas a islas desiertas fueron particularmente abundantes durante los siglos XVIII y XIX. Desde el fundacional Robinson Crusoe de Daniel Defoe, hasta la Isla Misteriosa de Julio Verne, los grandes novelistas desentrañaron la triste realidad de la persona abandonada en medio de la nada civilizatoria, lejos de todo contacto humano, algo similar a lo que pasa en entornos de pandemia en los que las personas estamos obligadas a delirar a solas en nuestras propias ínsulas de seguridad.

La existencia de la persona aislada, sin vínculos con la comunidad fue criticada por Aristóteles cuando afirmó en su Política que quien vive fuera de la ciudad es una bestia o un dios. La vida de Robinson Crusoe en su isla, lejos de todo contacto humano, se convirtió, al paso de los meses, en una pesadilla que puso al aventurero inglés, oriundo de la ciudad de York, al borde de la locura: “estaba rodeado únicamente por el infinito océano, separado de la sociedad y condenado a una vida silenciosa… un hombre a quien el solo hecho de ver a uno de su especie le habría parecido como regresar a la vida después de la muerte…”.

La aparición de un ser semejante a él fue para Robinson la llave de escape de la inminente locura que lo asolaba cada día. El día del rescate del joven aborigen fue un quiebre en la historia del náufrago: “Comprendí mucho de lo que quería decirme y le di a entender que estaba muy contento con él”.

Después de la gran novela de Defoe proliferaron las historias de Robinsones: el suizo de Wyss; El Cráter de Cooper o los Robinsones de las niñas, de doce años, etcétera. El relato más desgarrador de lo que la soledad puede obrar sobre el ánimo de una persona, lo encontramos, no obstante, en La Isla Misteriosa de Julio Verne, en la segunda parte, titulada precisamente “el abandonado”; un náufrago es dejado a su suerte en una isla desierta: “Era evidente que si alguna vez el náufrago había sido un ser civilizado, el aislamiento le había convertido en salvaje, y aun quizá en una cosa peor, en un verdadero orangután u hombre de los bosques. Roncos sonidos salían de su garganta entre los dientes… La memoria debía de haberle abandonado desde largo tiempo sin duda, y también el arte de servirse de los instrumentos… Veíase que era robusto y flexible, pero que todas las cualidades físicas se habían desarrollado en él en detrimento de las cualidades morales”.

Para Julio Verne, gran creador de tipos humanos caracterizados por su elevada moralidad (Miguel Strogoff), o en las antípodas, por la más abyecta criminalidad (Negoro), el ser humano es solidario por naturaleza, tal como lo postula en otra de sus grandes obras Los hijos del Capitán Grant: “El hombre está formado para la sociedad, no para el aislamiento. La soledad no puede engendrar más que desesperación. Es cuestión de tiempo”.

Y la desesperación es, junto con la ira, una de las grandes enfermedades de nuestro tiempo, que sólo pueden remediarse superando el falso dilema entre el individualismo que hace de la persona un simple átomo social y el colectivismo que la subordina a un rebaño hábilmente manipulado por tiranos. En Acción Nacional, al menos desde hace cincuenta años conocemos la respuesta ante dos alternativas igualmente aberrantes: el solidarismo, gran legado de Efraín González Morfín.

El solidarismo postula que entre la persona y la sociedad hay un vínculo esencial, indisoluble. En procesos de ilustración en los que se busque formar la razón crítica, el criterio, la persona descubre en los demás las razones de la civilidad, la cultura y el bien común; aprecia los valores y principios que fortalecen y acendran a las comunidades intermedias, desde la familia hasta las grandes organizaciones sindicales. La persona respira en un ambiente solidario la singular fragancia de la libertad y conquista así, gradualmente, cada vez mayores niveles de humanidad.

El gran filósofo español Xavier Zubiri distinguía entre el dinamismo propio, eje de toda actividad y fundamento del desarrollo al que llamaba personeidad, y la personalidad o el hecho de edificarse día a día. La ilustración colectiva, que sólo se da en sociedades democráticas no es otra cosa que una serie de procesos en los que se apuesta por el desarrollo del pensamiento crítico y por la capacidad de colaborar con otros bajo estrechos vínculos solidarios. Es en esta dinámica de mutua ilustración, crecimiento y creciente autonomía donde la democracia se ofrece, día a día, como oferta única de libertad en la que puede desarrollarse plenamente la personalidad.

 

Twitter: @JavierBrownC