Las democracias, como Roma, no se construyen en un día, requieren de un acto fundacional en el que la voluntad política expresa, es la de forjar un gobierno ideal caracterizado por la sujeción de las autoridades al mandato popular.

Afirmar que la democracia requiere de demócratas, es tan elemental como afirmar que ninguna autocracia se sostiene sin autócratas. Desde la muy simple definición de democracia como gobierno del pueblo, debemos transitar hoy hacia la moderna concepción de un régimen que se caracteriza por valores, principios, reglas e instituciones.

Toda democracia se afirma como un sistema político caracterizado por la inclusión, lo que es todo lo contrario a regímenes que segregan y separan, que dividen y confrontan. La democracia surge como un orden basado en el consenso sujeto a la regla que postula que no son aceptables la discriminación, la marginación ni profundas desigualdades sociales.

El pluralismo es un valor esencial que implica la aceptación y defensa de las diferencias que caracterizan a nuestras sociedades. La democracia garantiza la coexistencia de los diversos bajo reglas elementales del juego político, que constituyen un orden civilizatorio caracterizado por la unidad bajo la diversidad.

El diálogo, como esencia de la naturaleza deliberativa de la persona humana, es consustancial al funcionamiento de todo sistema democrático. El monólogo, la falsa unanimidad y la limitación de la esfera pública son contrarias a un orden político que basa sus decisiones en el debate abierto, y en la fértil confrontación de ideas y programas.

La participación es quizá uno de los valores fundamentales de las modernas democracias, en las que la ciudadanía está convocada a tomar parte en los asuntos públicos que, por ser de interés de la colectividad, deben discutirse de forma abierta e incluyente. El abstencionismo es una gran amenaza para la democracia, y esto lo sabían con gran claridad quienes fundaron Acción Nacional, de ahí su llamado a votar con libertad.

Las democracias son además sistemas abiertos, visibles, en los que el ámbito de lo oculto es residual o prácticamente inexistente. La publicidad de los actos de gobierno y la transparencia que visibiliza el funcionamiento de la maquinaria gubernamental son esenciales para garantizar apertura plena y auditoría permanente.

Quizá el aspecto más controvertido de nuestras democracias es la compleja y casi laberíntica red de instituciones y arreglos que le son esenciales, ya que elevan los costos del régimen y llevan a posponer decisiones. Ante estos elevados costos, ante este complejo entramado institucional y ante esta lentitud responden los populismos de nuevo cuño con recetas fáciles, improvisadas y potencialmente devastadoras para el propio Estado.

La realización de elecciones periódicas es la garantía última de un sistema que fomenta la participación y la inclusión. Pero las elecciones son logros evolutivos notables en sociedades complejas que demandan reglas, actores y jueces, así como una permanente disposición a expresar la voluntad individual de forma libre e informada.

Los contrapesos son la base de un auténtico sistema de gobierno representativo que diluye el poder sin destruirlo. El poder, en todo sistema democrático, se encuentra distribuido en múltiples esferas de toma de decisiones, en múltiples actores y centros de decisión que concurren todos en la elaboración de políticas y leyes que respondan a demandas ciudadanas auténticas.

Un adecuado sistema de representación popular aleja la tentación propia de sistemas autoritarios que suplantan y falsifican la voluntad de las mayorías. Las necesidades sociales requieren de mecanismos complejos de agregación y articulación de intereses, uno de cuyos ejes centrales es la existencia de un sistema de partidos competitivo.

Desde la Grecia clásica, la rendición de cuentas ha sido parte de la esencia del servicio público, al grado de que si un magistrado o arconte no rendía cuentas podía ser sujeto al peor de los juicios bajo el arcaico derecho ático: la pérdida de la ciudadanía (atimía).

Muchos y variados son los enemigos íntimos de la democracia, tal como lo bosquejó Tzvetan Todorov en su gran obra. No obstante, si bien hay valores e instituciones democráticas que pueden ser mermadas o vulneradas, la degradación de la actividad política puede acabar de un día para otro con un buen gobierno.

Cuando en lugar de debate democrático nos enfrentamos a mentiras demagógicas, cuando la política se ve como negocio y no como servicio, y se le convierte en un espectáculo abyecto para la diversión y esparcimiento de las masas, estamos frente al fin de la democracia. En la Atenas clásica, la de la democracia de Solón y Clístenes, y la del siglo de oro de Pericles, la decadencia comenzó debido a la apatía de las personas por participar, y gracias también a la presencia de demagogos falsarios y a sicofantas que sólo buscaban el beneficio en los asuntos públicos.

Cuando la política se convierte en guerra estéril, en confrontación dolosa o en factor de división y desunión nos encontramos ante un sistema degradado que también perseguirá, por todos los medios, destruir la democracia, sus valores e instituciones. Cuando la oposición se dedica a minar sistemáticamente el proyecto gubernamental y no prepara cuadros directivos para la alternancia, también estamos ante el riesgo de colapso democrático.

Al final, la democracia, como la vida humana, es frágil como una flor, pero a la vez divina y fragante, porque gracias a ella, y sólo gracias a ella, puede darse la libertad humana a plenitud y sólo gracias a ella se posibilita la convivencia ordenada y generosa al interior del Estado.

 

Twitter: @JavierBrownC