La destrucción de los sueños es una de las más extremas formas de indignidad que el ser humano ha conocido a lo largo de su historia. La dignidad humana resplandece y se expresa a partir del rostro, del lenguaje, de la acción, y también lo hace gracias al fino arte de ensoñar, de atisbar horizontes y futuros posibles.

Dentro de las múltiples definiciones que se han dado del ser humano, siendo las más antiguas la de bípedo implume (Platón) o la de animal racional (Aristóteles), podemos anotar que sólo el ser humano sueña despierto. La capacidad de ensoñación diurna acompaña a la humanidad desde tiempos inmemoriales: los sueños prefiguran ideales, metas, esperanzas.

Los sueños y su interpretación han abrumado a la humanidad, desde Aristóteles hasta Freud. Los sueños diurnos que llevan a atisbar ideales, y las esperanzas que están en nosotros desde recién nacidos cuando esperábamos a nuestras madres, se refieren a futuros posibles, que se presentan como proyectos en el instante, único momento existente. El pasado se da en la memoria y el futuro sólo es proyecto, pero ambos coexisten en el instante en el que, quien sueña, ve con esperanza lo que puede llegar a ser.

Entre las innumerables triadas en que la persona humana se ve inmersa, hay que considerar con seriedad la que configuran los sueños, las esperanzas y el futuro; una triada en la que cada componente tiene una vitalidad tal, que si uno de ellos se ve mermado, los demás se hunden, en muchas ocasiones, en un mar de pesadilla y desesperación. Al aniquilar sueños, también lo hacemos con las esperanzas y con el futuro.

Es fácil destruir los sueños, lo arduo es perseguirlos con denuedo y tenacidad. Desde pequeños tenemos la experiencia de sueños perdidos y cancelados, de esperanzas fallidas y vanas, y de futuros en definitiva cancelados. Sabemos que los sueños pueden devenir pesadillas y que las pesadillas difícilmente tienen un final favorable para quien las padece.

En la vida actual, la capacidad de ensoñación se está perdiendo gradualmente. La dinámica de sistemas económicos en los que cada persona se ve ante la necesidad de gestionar su propia vida, a veces a pesar o en contra de los estados nacionales, genera un profundo malestar, un desasosiego abrumador, una justa indignación.

Los sueños son aniquilados, en su raíz, por la improvisación que permea la vida pública en muchas naciones: a veces quienes ocupan posiciones de poder no llegan ahí a partir del mérito y la competencia, sino gracias al carisma, las promesas infundadas y la defensa de una agenda cuyo eje es ofrecer un futuro de ensueño en el fondo irrealizable.

La improvisación, cuando se convierte en la lógica del poder, lleva a la destrucción de nuestros sueños. Por más que las buenas intenciones se promuevan a nivel público, la deficiente acción y la inadecuada elección de los medios propios de la improvisación, pervierten el fin y generan una espiral incontenible de maldad política.

Manuel Gómez Morin, en un celebrado párrafo, había avizorado con claridad meridiana el potencial destructivo de la improvisación: “Que el fervor de la aspiración anime la búsqueda y la disciplina de la investigación reduzca el anhelo, porque es peor el bien mal realizado que el mal mismo. Lo primero destruye la posibilidad del bien y mata la esperanza. El mal, por lo menos, renueva la rebeldía y la acción”.

También mata la esperanza quien pretende que sus sueños se conviertan en los sueños de toda una nación, porque los sueños son íntimos y personales. Esta dinámica de sueño inducido políticamente es propia de los grandes sistemas totalitarios: los sueños del nazismo, del fascismo, del socialismo se convirtieron en las pesadillas de la humanidad.

Los sueños, como la dignidad, son intransferibles. Quien abraza los sueños de otros ha perdido la capacidad de ensoñación, y con ello su futuro y sus esperanzas. Como buen demócrata, Manuel de Jesús Clouthier del Rincón tenía esta convicción, sabía que él era un instrumento al servicio de la realización de los sueños de otras y otros, como también lo debe ser hoy Acción Nacional: “Mi lucha no es para que tú creas en mí, y en mis sueños, sino para que tú creas en ti y en tus sueños y luches por ellos. Cuando hayas aprendido esto, habrá terminado la misión del Maquío”.

La política tiene hoy el reto monumental de ser el medio más eficaz para que cada persona pueda realizar sus sueños, de esta forma, en lugar de ser fábrica de pesadillas, se podría convertir en instrumento para la realización de esperanzas. Devolver a las personas las esperanzas, significa desterrar el miedo y apostar por un futuro en que la vida mejor y más digna para todas y todos sea viable, sea posible.

Pensemos en aquel bebé que, nacido en 1897 en Mineral de Batopilas, en las entrañas de la inmensa Sierra Rarámuri, perdió a su padre antes de cumplir el año de edad. Pensemos en la madre del huérfano, en Concepción Morin del Avellano, quien soñó con un mejor futuro para su hijo. Esta historia, a pesar de la política convulsionada por la Revolución, tuvo un final glorioso: el pequeño Manuel Gómez Morin se convirtió en persona ilustre y a la postre fundó al partido político más importante de México.

Como colofón a la gloriosa historia de quien fue creador de instituciones, rector de la máxima casa de estudios y fundador del Partido Acción Nacional, tenemos que hoy, el pueblo mágico que lo vio nacer, se llama Batopilas de Manuel Gómez Morin, en honor a tan insigne e ilustre persona.

Que historias como éstas puedan realizarse todos los días, que las personas en situación de mayor vulnerabilidad y desventaja puedan ver realizados sus sueños, aquí y ahora, gracias a la acción política decidida, a favor de la dignidad de la persona y del bien común, debe ser hoy el más alto cometido del Partido Acción Nacional.

 

Twitter: @JavierBrownC