Las recientes elecciones en Brasil, como las intermedias de los Estados Unidos, por cierto, casi coincidentes, son de particular interés para nosotros. En ambos no sólo está en juego la suerte de los usos democráticos en el occidente, sino la de millones de seres humanos que dependen de ella.

La práctica de la democracia ha venido sufriendo crecientes amenazas y distorsiones por la ineptitud de los gobiernos de todo signo para ofrecer soluciones al ciudadano, para hacer frente a las problemáticas de cada día. Tratándose de regímenes populistas como el de Trump y de Bolsonaro, esa incapacidad es en realidad intencionada. Muchos gobiernos se han dedicado a ciencia y paciencia a estropear instituciones que beneficiaban a todo mundo, pero que no cambian en su obsesión de cambiar las cosas en su favor.

Tanto en los países de tradición democrática como en otros, como el nuestro, las demandas de la sociedad sufren las deficiencias o ausencias de los servicios indispensables, lo que siembra una agresiva inconformidad en todo el mundo.

Afortunadamente, hay en nuestra América Latina países como Uruguay y Costa Rica donde, desde hace años, se han elegido individuos responsables para los poderes Ejecutivo y Legislativo. Sorteando carencias presupuestarias han fortalecido la democracia en lo electoral, así como en la práctica administrativa.

La mayoría, sin embargo, han oscilado entre intentos democráticos y dictaduras a veces criminales. Esa inestabilidad agrava índices de pobreza y desigualdad social que condenan a toda la región al grave atraso ampliamente descrito por Alicia Bárcena, ex directora de la CEPAL.

Los partidos políticos de populistas, muchas veces de izquierda, cosechan fáciles votos prometiendo soluciones que ellos mismos saben incumplibles. Sus jefes de estado determinan el rumbo nacional. Viene a cuento Lula da Silva, personalidad de una izquierda moderada acreditada en los dos periodos presidenciales que cumplió hace quince años, y que hoy abre la interrogante sobre si utilizará el peso económico y político de su país dentro del continente para impulsar la agenda de presidentes de izquierda como Gabriel Boric de Chile, Gustavo Petro de Colombia y Pedro Castillo de Perú contra la tendencia derechista que hoy va apareciendo en muchas partes del mundo.

En el otro extremo del continente la orientación que tome el gobierno de Estados Unidos, tras las elecciones legislativas y de 26 gobernadores, está en duda por la debilidad que se le supone al presidente Joe Biden frente a una lucha despiadada entre los demócratas en el poder y los republicanos liderados por Donald Trump, además de que resta empuje a las decisiones que se necesitan en asuntos cruciales en América Latina, como son el ordenamiento humano, pero pragmático de la incesante corriente migratoria o la realidad del cambio climático a la que contribuyen intereses industriales y la depredación empresarial de la Amazonía promocionada por Bolsonaro.

La consciencia de lo internacional se impone en las campañas políticas de cada país. Las crisis no son sólo bélicas. Los problemas de la migración nos vinculan igual con nuestro vecino al norte que con los del sur como Guatemala, El Salvador, Honduras, Venezuela y Colombia, ya andinos. Las malas experiencias recientes en la atención de una pandemia y de enfermedades, como lo comprobamos con el fracaso de nuestros arreglos con Argentina o con la empresa especializada en la distribución de medicinas de la ONU, exhiben la dependencia que tenemos de las producciones extranjeras.

Ya adentrado el siglo XXI se hace imprescindible la permanencia de los esquemas democráticos. Han quedado ya muy lejos los años de la Segunda Guerra Mundial que por el momento resolvió el choque de regímenes totalitarios contra las democracias, así como la siguiente fase de la confrontación con la amenaza comunista. A medio siglo de distancia, el panorama político actual presenta los mismos dilemas entre buscar justicia social vía gobiernos personalistas o insistir en el consenso democrático y participativo.

Para el PAN su respuesta a la presente coyuntura regional es definitiva. Los compromisos inscritos en el Acuerdo Tripartito T-MEC exigen cuidado extremo. México es pieza insustituible para la gran estrategia de Norteamérica de Washington en su abierta rivalidad y oposición hacia todo lo que favorezca aumentar la hegemonía mundial que China pretende instalar. En esto las relaciones comerciales de algunos gobiernos locales mexicanos como el de la Ciudad de México requieren cuidadoso examen.

Debemos cuidar la independencia que administraciones anteriores han mantenido celosamente, pero la ciega ideología populista, disfrazada de izquierda, del régimen de López Obrador desequilibra sus políticas internacionales.

El gobierno mexicano tiene que jugar con sagacidad sus cartas en el ajedrez mundial sembrado de trampas, pero también de oportunidades para mejorar los niveles de vida de la población. El PAN tiene que incluir lo internacional en sus discursos de campaña.

La victoria en presidencia es central, pero de igual importancia es la del Congreso, específicamente en la Cámara de Senadores, que decide relaciones exteriores. Será el electorado en 2024 el que elija la orientación del Ejecutivo y el Legislativo, y es vital que el PAN mantenga con otros partidos la alianza electoral para luego formar un gobierno de coalición.

 

Julio Faesler Carlisle es integrante del Consejo de Plumas Azules.