La historia se desarrolla en Corea del Sur, e igual podría ser en Estados Unidos, Argentina, Sudáfrica o México: hay costumbres y hábitos que se reproducen en prácticamente la totalidad de las sociedades y construyen un modelo, una forma de habitar, ser y estar en el mundo. Hay prácticas tan naturalizadas que se instalan como parte de la cultura.

Las brechas de género son parte de ese bagaje que cargamos como humanidad. Brecha, que implica división, zanja, obstáculo, escollo… Límites que se imponen hasta dominar. Género, que implica que esos impedimentos solamente los padecen las mujeres. Las brechas de género son, así, parte de una cultura que ha prevalecido por siglos, que las ha normalizado hasta el punto de hacerlas invisibles, que las replica e incluso las defiende con violencia cuando llegan a ser señaladas o confrontadas.

Modelos de convivencia verticales y autoritarios. La figura del varón como referente. Los comportamientos públicos y privados, los modelos a seguir, los estereotipos socializados, los roles que asumen y viven mujer y hombre. Todo construido en torno a ese varón que se asume como sinónimo de lo humano.

La novelista coreana Cho Nam-joo aborda esas brechas y la forma en las que se manifiestan: la cotidianidad de una mujer nacida en el último cuarto del siglo XX que se enfrenta a un mundo donde la inferioridad, la desigualdad y el segundo plano que ocupan las mujeres en su país, aparecen en cada etapa de la vida, se acumulan y se reproducen hasta convertirse en esa suma de frustración, impotencia y resignación a los que conduce la normalización de la injusticia.

Porque una vez visibilizadas y señaladas, las brechas de género se proyectan con toda la crudeza de lo que son: una absoluta injusticia perpetrada, protegida y defendida por un orden que ha perdido la capacidad siquiera de reaccionar frente al cotidiano asistir, ante la evidencia constatada y demostrada de sus expresiones.

La novela Kim Ji-young, nacida en 1982 (Alfaguara, 2019) detalla la vivencia del ser mujer en nuestro tiempo en una sociedad determinada –la coreana del siglo XXI–, en las distintas etapas de una vida –desde el nacimiento hasta el colapso– y ante circunstancias específicas que, no obstante, podrían replicarse en cualquier país, bajo cualquier régimen medianamente democrático y garante de los derechos humanos, que no obstante poco a poco despierta ante esas voces, esos reclamos, esas certezas que comienzan a entreverse pero que aún están cautivas de ese momento en que convergen la tradición y una forma nueva de ver el mundo.

Y ahí aparecen las brechas que dividen el trato y los beneficios que reciben niñas y niños: mejor alimentación, educación y oportunidades para ellos. Surgen también las cargas que padecen las adultas jóvenes: desigualdad en acceso a oportunidades educativas; la cerrazón o la precariedad laboral de países donde la meritocracia ha conducido a la deshumanización y la indiferencia frente a quienes nacen o quedan rezagadas; el miedo de caminar por la calle a oscuras y solas; el entorno familiar y su modelo de centralidad masculina, que implica la perpetuación de todo un sistema de injusticia y opresión.

La vida adulta, las relaciones afectivas y el entorno laboral son asimismo parte de la narración que Ji-young narra y, al mismo tiempo, documenta con estadísticas, estudios o investigaciones que van apareciendo a lo largo del libro: esa prueba empírica que, ajena casi siempre a la literatura, lleva a la lectora, al lector, a salir del plano de la fantasía para recordarnos que estamos ante una obra que es el espejo fiel de formas de vida que no surgen de la imaginación.

Porque no hay nada imaginario en que una familia sacrifique la educación de sus hijas para favorecer la del varón. Tampoco nada de fantasía ante carreras profesionales frustradas y jamás recuperadas por dedicarse a la maternidad en entornos sociales que la asumen como “incapacidad”. Es, por el contrario, la realidad de millones de mujeres en todo el planeta.

Una novela que es, en suma, el grito que se alza frente a la naturalización de la desigualdad, que pide mirar con sensibilidad humana, con empatía, la forma en que las brechas de género condicionan y condenan a las mujeres. Que exige comprender de una vez, con solidaridad, que las causas del feminismo, que son las de la igualdad, reclaman de la acción comprometida y congruente de mujeres y hombres por igual.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias