La creación del entonces Instituto Federal Electoral (IFE), en el año 1990, fue resultado de la lucha y el esfuerzo que por años miles de mexicanas y mexicanos emprendieron para brindarle a México un sistema democrático que permitiera contar con elecciones certeras, transparentes y legales.

Con el IFE en plenas funciones, años después, el partido oficial (PRI) fue vencido en las urnas gracias a la participación de las y los ciudadanos, quienes sabedores de que existía una institución que cuidaba su voto, acudieron de forma copiosa a ejercer este derecho inherente a la democracia.

Durante más de tres décadas, tanto el IFE como el ahora Instituto Nacional Electoral (INE) –la reforma constitucional en materia política-electoral, publicada en 2014, rediseñó el régimen electoral mexicano y transformó al IFE para homologar los procesos electorales federales y locales- han cumplido a cabalidad con su trabajo de organizar, realizar y salvaguardar los resultados de los comicios en el país, terminando de tajo con las conjeturas de los fraudes electorales.

Perfectible, como toda institución autónoma y pública, el INE, treinta y dos años después de su creación, enfrenta la amenaza más grande de toda su historia con la iniciativa de reforma electoral presentada por el presidente López Obrador y que el partido oficialista Morena, que es mayoría en el Congreso de la Unión, pretende aprobar sin moverle una sola coma, tal y como se los indicó el jefe del Ejecutivo.

Lo peligroso no está sólo en el ataque a esta institución ciudadana, sino en la pretensión presidencial de transgredir nuestro incipiente régimen democrático, éste inició en el año 2000 con el triunfo de un partido de oposición en la Presidencia de la República, con una reforma electoral que es regresiva y que ambiciona controlar a uno de los pocos organismos autónomos que aún no está en manos del Gobierno federal morenista.

Es un hecho que la creación del Instituto Nacional de Elecciones y Consultas (INEC), única autoridad administrativa electoral del país, así como las enmiendas constitucionales propuestas por esta reforma electoral, no garantizan la independencia e imparcialidad de este nuevo organismo con relación al ahora partido hegemónico (Morena).

La verdadera y perversa intención del presidente es que su partido se perpetué en el poder y con ello iniciar el camino regresivo hacia los tiempos del oficialismo, en donde todo el poder lo detentaba un solo hombre, el hombre de la silla presidencial, tal y como sucedía en los tiempos del Maximato.

El presidente López Obrador es el mayor simulador que ha conocido México, pues de su “doctrina democrática” ya nada queda. Ahora, su ideología es obtener y preservar el poder cueste lo que cueste, sin importar que para lograrlo destruya a México.