Parece haber un consenso en el mundo intelectual respecto a la crisis que vive la modernidad, esa época histórica que nace hacia el siglo XVI, se consolida con la Ilustración y que se caracterizó por la entronización de la razón. Desde finales del siglo XIX se alzaron voces de artistas e intelectuales que señalaron que la modernidad no había cumplido con sus promesas de emancipación y felicidad colectiva. Estas críticas se acentuaron tras las catástrofes ocurridas en el siglo XX, principalmente las dos guerras mundiales.

Se entra en una nueva época de desencanto, escepticismo e incredulidad, se cuestiona lo que plantea la razón y se abraza la subjetividad. En el mundo intelectual se le ha dado el nombre de posmodernidad a este nuevo periodo histórico. Algunos de sus principales exponentes son Jean-François Lyotard, Zygmunt Bauman, Michel Foucault, Jacques Derrida, Gianni Vattimo o Gilles Lipovetsky.

En la posmodernidad ya no existe una esperanza por un futuro prometedor al cual se arribará gracias al progreso, sino que se cultiva el presente. Se descartan los grandes relatos que le daban sentido a la humanidad y proponían un estilo de vida “ideal”.

Para los posmodernos, la verdad está relacionada con la perspectiva de cada autor y con lo que a él le parece real a partir de sus propios intereses, prejuicios o predisposiciones, por lo que es preferible hablar de un mundo de narrativas para cada individuo.

De esta forma, la posmodernidad es un rechazo a las grandes categorías de la modernidad, como la verdad, la realidad o la lógica. Todas ellas, se asegura, se pueden deconstruir al ser efectos de los discursos dominantes. Este proceso de deconstrucción implica formular de nuevo preguntas relacionadas con el ser humano, la familia, las tradiciones, el poder, el Estado o la vida en sociedad.

¿Cuál es la respuesta del humanismo frente a esta crisis de la modernidad y la reacción posmoderna?

Una posible luz nos la ofrece el filósofo español Jesús Ballesteros. En una obra ya clásica en el mundo de la filosofía (Postmodernidad. ¿Decadencia o resistencia?), Ballesteros postula que frente a la crisis de la modernidad es posible asumir dos posturas. Una es la de la posmodernidad decadente, que no es en el fondo sino una tardomodernidad en tanto que acentúa y radicaliza muchos de los aspectos más negativos de la modernidad, como son la voluntad de dominio, el individualismo, el consumismo y deseo desmesurado o el dislocamiento del mundo. La otra postura es la de la posmodernidad resistente, la cual busca reconducir el proceso de tal manera que se pueda llegar a una plenitud ante la situación presente. ¿Cómo lograrlo?

Un primer aspecto tiene que ver con la búsqueda de la paz y la no violencia. Aquí juega un papel central la figura del hindú Mahatma Gandhi, quien se enfrenta al axioma moderno sobre la racionalidad de la violencia, expresada en todo su esplendor en las dos guerras mundiales o en la carrera armamentística. Un segundo aspecto es la descolonización. En ella ve Ballesteros la oportunidad para superar el etnocentrismo occidental, pero sin caer en el relativismo, a través de la complementariedad de los opuestos.

Un tercer aspecto está relacionado con las mujeres. Ballesteros critica el feminismo posmoderno porque, paradójicamente, lleva a cabo una defensa de los derechos de la mujer acorde con los principios hegemónicos de la modernidad, devaluando lo específicamente femenino, y pretendiendo convertirla en un ser como el varón, que alcanza la plenitud moderna mediante la producción y el éxito. Se hace indispensable, según Ballesteros, un neofeminismo que salve a un tiempo la igualdad de los derechos de la mujer y el varón, y los caracteres diferenciales de la mujer, que superan el racionalismo por la lógica del corazón.

Un cuarto aspecto es la ecología. La modernidad económica se desarrolló a partir de la despreocupación por los recursos naturales, que se consideraron ilimitados. La posmodernidad “viene a subrayar los límites de lo mercantil y, por tanto, también de la capacidad de disponer”. Ballesteros critica la interpretación que ciertos autores posmodernos que reducen al ser humano a lo biológico, negando las diferencias entre las personas y los animales.

Un quinto aspecto es el de los derechos humanos. Ballesteros se congratula de que la posmodernidad haya traído consigo los llamados derechos de tercera generación (a un ambiente ecológico sano, al respeto al patrimonio común de la humanidad, al desarrollo, a la paz) porque introducen el nuevo paradigma de la calidad de vida, en el que lo inalienable de la persona constituye el eje a proteger. Estos derechos deben basarse en una visión integral del ser humano que descartaría prácticas como la pena de muerte, la tortura, la eutanasia o el aborto.

Ballesteros es también muy crítico con las políticas de la identidad, muy propias de la reflexión posmoderna. Considera que conducen a la “balcanización” de la sociedad, al encastillamiento de las diferencias y transforma a los seres humanos en extraños unos de otros.

En suma, Ballesteros asume que otra posmodernidad es posible, asumiendo la crítica a la modernidad y envolviéndola en una antropología humanista. Vale la pena conocer su reflexión.

 

Fernando Rodríguez Doval es Secretario de Estudios y Análisis Estratégico del CEN del PAN.

Twitter: @ferdoval