Se han cumplido 500 años de la conquista de Tenochtitlan, llevada a cabo por miles de indígenas totonacas, cholultecas y tlaxcaltecas, encabezados por un español que previamente se había aliado con ellos, Hernán Cortés. Fue así como pudieron vencer al imperio mexica, el cual tenía sojuzgados a la mayoría de los pueblos de lo que después se ha dado en llamar Mesoamérica y amenazaba con dominar a los que aún no habían caído bajo su mando.

Desafortunadamente, este aniversario no ha servido para tener una visión más objetiva de nuestra historia o para fomentar una reconciliación con nuestro pasado. Ha ocurrido, más bien, justamente lo contrario: desde los gobiernos federal y de la Ciudad de México se ha promovido el victimismo histórico, así como replicado el gastadísimo relato maniqueo que asegura que llegaron unos malvados españoles a terminar con una paradisíaca y edénica civilización prehispánica.

La utilización política de la historia es tan antigua como el hombre. En nuestros tiempos, es propio de los regímenes autoritarios. Un régimen democrático obtiene su legitimidad de la voluntad ciudadana expresada en el voto popular; un régimen autoritario, por el contrario, obtiene su legitimidad de algún suceso histórico determinado, bien sea una guerra, una revolución, un golpe de Estado o el ascenso de un caudillo. De esta forma, distinto a lo que ocurre en una democracia, en una autocracia es necesario contar con un conjunto de elementos casi mitológicos que le otorguen justificación: la manipulación de la historia suele satisfacer este apremio.

Aquí la paradoja es que el presidente Andrés Manuel López Obrador fue electo democráticamente. Alrededor de treinta millones de mexicanos decidieron libremente que él encabezara el gobierno del país. Por momentos parece, sin embargo, que AMLO le otorga más legitimidad a la historia que a las urnas: él se asume ya como parte destacada de la epopeya del pueblo mexicano, el cual ha llevado a cabo tres grandes transformaciones y ahora estamos en la cuarta. El presidente de México ya se ve como parte de esa historia oficial que se ha dibujado en murales y escrito en libros de texto y frontispicios legislativos, por lo que nada ni nadie debe impedir que la gesta heroica continúe: quien ose hacerlo, es un descarado enemigo del pueblo. Quizá ésta es una de las razones por las que tiene tanta intolerancia a la crítica de la prensa libre o a los contrapesos que llevan a cabo otros poderes u órganos constitucionales autónomos.

En 1521, cuando se consumó la conquista de Tenochtitlan, no existía la nación mexicana. Nadie vino, pues, a conquistarnos. Había una enorme cantidad de pueblos con culturas, creencias y lenguas diferentes, tiranizados casi todos ellos por los mexicas. No fue extraño que, en una lógica bélica y política, esos pueblos que veían amenazada su libertad se unieran con las tropas españolas que llegaban ávidas de aventura y fortuna sí, pero también con la convicción de que tenían una misión superior: hacer crecer a España, una nación forjada durante siete siglos de combate contra el invasor musulmán, y propagar la religión católica. En medio de esta multiplicidad de motivaciones se sucedieron unos acontecimientos históricos que, a la postre, propiciaron el surgimiento doloroso de México.

Pocos conocen que durante el Virreinato los pueblos indígenas mantuvieron sus fueros, tradiciones, usos y costumbres, o que los descendientes de Moctezuma, cuya escultura adorna el Palacio Real de Madrid, tuvieron títulos nobiliarios que los acreditaban como “Grandes de España” y recibieron hasta 1934 una pensión de la Corona española. Fue la Nueva España un territorio donde floreció el arte y la cultura, y donde emergieron talentos universales como Sor Juana Inés de la Cruz, Juan Ruiz de Alarcón o Miguel Cabrera. La primera universidad de América se instaló aquí.

A pesar de que desde el gobierno mexicano se sigue promoviendo la historia maniquea, victimista y llena de resentimiento y odio, la historiografía mexicana ha sido testigo en los últimos años de estudios y publicaciones que muestran los hechos de nuestro pasado desde una perspectiva más seria, académica y objetiva. Esto es una buena noticia. Nos permite imaginar la posibilidad de reconciliarnos con nuestro pasado y dejar atrás esquizofrenias absurdas.

 

Fernando Rodríguez Doval es Secretario de Estudios y Análisis Estratégico del CEN del PAN.

Twitter: @ferdoval