Eran los tiempos de la formación del absolutismo, de la consolidación de las grandes monarquías europeas: Maquiavelo y Hobbes fundaban la política comparada y sustentaban desde sus teorías los primeros esbozos del gobierno de uno, la guerra religiosa asolaba Europa y redefinía los mapas de un continente… Poco espacio para la tolerancia, para el pensamiento distinto o crítico, fuera de los cánones que establecía un orden que, no obstante, poco a poco abría el dogma religioso a las puertas a la razón.

Fue René Descartes quien, aún en el sistema de vigencias de su propia época, pudo introducir la duda metódica, un modo de pensar que invitaba a cuestionar, aunque todavía sin pretender alterar los ordenamientos que regían el modo generalizado de especular, aún inscrito en lo cánones de un sistema religioso si bien ya roto, todavía firme en cuanto a la preeminencia del cristianismo.

Baruch Spinoza abrevó de esa tradición, pero su origen judío le permitió una visión más amplia que la de sus contemporáneos. Y ese horizonte extendido, siempre desde el monoteísmo, fue el que no tardó en confrontarlo con un orden instalado en la verticalidad del canon de su credo, hasta provocar su expulsión de la sinagoga, el ser relegado y excluido e incluso padecer un intento de homicidio a manos de ese fanatismo que no tolera el disenso, el pensamiento libre o la expresión fuera de los límites establecidos.

Lo relata con maestría Gilles Deleuze en una obra que reúne sus clases respecto del filósofo holandés, En medio de Spinoza (Cactus, 2006): una exposición detallada de una obra que, en medio de la intolerancia, encontró en la Holanda del siglo XVII un rescoldo donde por una época fue posible expresarse libremente, publicar sin censura o temor a gobiernos que, fuera de ahí, veían en las ideas contrarias a las impuestas por las jerarquías religiosas y políticas un peligro que podía llevar desde el retractarse hasta la prisión o la muerte.

Faltaba aún tiempo para que John Locke o Montesquieu sentaran las bases de los estados modernos, de la separación tripartita de poderes, de la división iglesias y estado. El horizonte de las grandes revoluciones –norteamericana y francesa– no se avizoraba aún en la mente de Occidente y ya Spinoza se atrevía a lo inaudito: ahondar mediante las herramientas de la racionalidad en los textos bíblicos para separar lo mítico de lo histórico, lo mágico –milagroso– de lo real. Y las herramientas que el filósofo utilizaba eran las de la matemática, las de un naciente pensamiento científico que delimitaba los confines de lo fantástico y lo tangible, que dividía con precisión la subjetividad del profeta y la objetividad de lo histórico.

Su pensamiento, reunido bajo el título de Ética demostrada según el orden geométrico, es desde su título una suma de ideas que busca influir en la forma de ser y estar en el mundo, no solamente para ordenarlo de acuerdo a las leyes de la ciencia y la razón sino, ante todo, para proponer una manera de reaccionar frente a una diversidad que cada vez cabía menos en los límites de sistemas que se resquebrajaban conforme avanzaba el siglo.

Su obra póstuma, el Tratado teológico-político, inconclusa, propone la primera hermenéutica del Antiguo testamento, que demuestra mediante el análisis histórico y lingüístico cuánto de metáfora y alegoría se esconde detrás de buena parte de los relatos bíblicos: siempre en busca de desmontar los argumentos con los que se sostenía un credo que ya para entonces se imponía desde la fuerza, se mantenía mediante el miedo y argumentaba desde incluso la irracionalidad que condenaba, a partir de la fantasía, a quienes osaban atentar contra sus cánones.

Spinoza, así, aboga por una libertad que ejerce con valentía y a contracorriente, sin importar incomodar o ser señalado, cauto cuando las circunstancias políticas se tornan adversas –cuando el tradicionalismo cristiano se instala en el gobierno holandés– pero siempre dispuesto a iluminar, como exige la razón, aquellas zonas oscuras que el fanatismo y la cerrazón buscan imponer mediante la violencia o la intimidación. No se trataba ya de esa Edad media monolítica sino, por el contrario, de vivir plenamente un tiempo nuevo que él mismo contribuye a construir.

Un llamado que incluso hoy conserva la vigencia de reconocer y exigir que la pluralidad se reconozca como valor y piedra fundacional de la civilización, que la diversidad sea asumida como manifestación de la riqueza que permite la apertura a la otredad, que el dogmatismo se asuma como el principal motivo de la barbarie y la intolerancia: Spinoza desde su tiempo aún tiene, a muchas y muchos, en pleno siglo XXI, grandes lecciones por enseñar.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias