Un régimen democrático no consiste únicamente en que los ciudadanos puedan elegir cada determinado tiempo a sus representantes y autoridades. Implica también una protección a los derechos de las personas, contrapesos y limitaciones al poder, y respeto a la ley. La democracia es también el sistema político que permite la convivencia civilizada entre quienes tienen diferentes cosmovisiones. La democracia institucionaliza y procesa el conflicto social, civiliza la disputa por el poder y evita que alguien se tenga que exiliar por su manera de pensar o sea considerado como un paria en su propio país.

Uno de los mayores daños a la democracia que ha causado Andrés Manuel López Obrador es precisamente terminar con esta noción de convivencia civilizada, de tolerancia y respeto para quienes no comparten sus puntos de vista. En el mundo bipolar y maniqueo del presidente de México, todo aquel que no es parte de su movimiento es un traidor a la patria. Así, sin rodeos, sin grises, sin matices. Todos aquellos que no forman parte del universo cuatroteísta son conservadores, neoliberales, fifís, aspiracionistas, vendepatrias, corruptos. Están del lado equivocado de la historia: forman parte de ese bando oscuro que siempre ha conspirado contra el progreso de la nación.

La reciente discusión sobre la reforma eléctrica propuesta por AMLO y felizmente rechazada en la Cámara de Diputados ilustra a la perfección lo anterior, pero fue únicamente la punta del iceberg. Durante 12 horas pudimos escuchar a los diputados de Morena y partidos afines dedicar toda una colección de adjetivos descalificativos a la oposición. Al día siguiente, el presidente los remató e insistió: son traidores a la patria.

Esta visión sectaria e intolerante de López Obrador es, además, tremendamente peligrosa, porque contiene el germen no solamente del autoritarismo, sino también del totalitarismo. El primero implica la concentración de poder en pocas manos; el segundo significa imbuir toda la vida social de una sola ideología, de una única forma de concebir la existencia y todo el que no la comparta es eso: un traidor. 

Las ideologías interpretan toda la complejidad de la realidad a partir de unas pocas premisas, de las que se derivan deducciones lógicas que permiten explicar todo lo que pasa. Generalmente, la ideología apela a un mito fundacional y busca conducir hacia una utopía. Por eso son seductoras, por eso tienen seguidores. Ofrecen seguridad y evitan el trabajo de tener que pensar por uno mismo.

Las ideologías ensalzan lo óptimo y fustigan el bien posible. Lo ha dicho AMLO muchas veces: hay que huir de esa izquierda que se corre al centro. La ideología utiliza un lenguaje potente que ciertamente cautiva, electriza y embelesa a las masas, que genera lealtades absolutas, pero que a la larga no se traduce en felicidad sino en destrucción.

La ideologización extrema impide el diálogo y fomenta la polarización. Todo aquel que no comparte con fanatismo la ideología es un tibio, un cobarde o un incongruente. No merece ser aceptado en el club de los elegidos.

Una de las grandes aportaciones del proceso de transición que vivió México en la última década del siglo pasado fue precisamente la posibilidad de aceptar al otro. Gobernantes y opositores aprendieron a verse como contendientes políticos legítimos, en donde ambos tenían el derecho a existir. Ahora AMLO pretende erradicar eso. Regresar a los tiempos en los que se consideraba que el triunfo del opositor era moralmente inaceptable.

Frente a la intolerancia, habrá que insistir mil veces: la democracia requiere demócratas que acepten la pluralidad, que practiquen el diálogo, que respeten la diferencia. La contienda democrática no es un juego de suma cero en donde unos ganan todo y otros pierden todo: es una compleja operación aritmética en la que los perdedores de hoy pueden ser los ganadores de mañana, y viceversa. En donde los argumentos se deben razonar para convencer a una mayoría que, sin embargo, mañana puede convertirse en minoría. En donde mediante el diálogo y, por qué no, la negociación, se pueden construir acuerdos de cara al bien común.

 

Fernando Rodríguez Doval es Secretario de Estudios y Análisis Estratégico del CEN del PAN.

Twitter: @ferdoval