La naturaleza espiritual de la política
Abril 2025
Javier Brown César

“Si quisiera sintetizar lo que debe ser la política para un político del tipo que Acción Nacional preconiza y esculpe, diría que todas sus actividades, todos sus esfuerzos, todos sus afanes, podrían compendiarse en esta sola palabra: Sacramento”. Esta crucial idea de Efraín González Luna destaca, como ninguna otra, el carácter espiritual, sacro, propio de toda actividad política.
El sacramento es un signo distintivo de lo sacro. Esta idea destaca la naturaleza divina de la actividad política, puesta en evidencia en varios escritos de Giorgio Agamben, principalmente en El reino y la gloria. Agamben postula también la necesaria distinción entre la nuda vida, la vida meramente animal y automática (zoé) y la vida humana individual, que demanda realización, proyecto y trascendencia (bios). Es de señalar que el mundo animal, a diferencia del reino de lo humano, carece de biografías, sólo existe, para describirlo, la zoología.
La espiritualidad de la política implica que es una actividad que sólo puede ser llevada a cabo por seres capaces de lenguaje y razón. La palabra crea la vida política como forma óptima de cooperación, para decidir en torno a lo justo y a lo injusto para una comunidad determinada. La política es así un patrimonio exclusivo de la persona: ningún otro ser vivo es capaz de actividad política. De ahí la importancia de la cooperación comunitaria para resolver problemas comunes, basada en redes de confianza, lo que el sociólogo Robert Putman denominó “capital social”.
En el mundo animal, donde no existe la política, gobierna el ser, usualmente macho, más temible, amenazador, brutal, violento y salvaje; así impone su “ley” sobre el resto, a partir del mero uso de la fuerza. Desprovista de razón, la vida animal no conoce de justicia ni de la distinción entre el bien y el mal. Aristóteles postuló con claridad la naturaleza política del ser humano, como su atributo único y exclusivo:
“El por qué sea el hombre un animal político, más que las abejas y todo animal gregario, es evidente. La naturaleza… no hace nada en vano; ahora bien, el hombre es entre los animales el único que tiene palabra… La palabra está para hacer patente lo provechoso y lo nocivo, lo mismo que lo justo y lo injusto; y lo propio del hombre con respecto a los demás animales es que él sólo tiene la percepción de lo bueno y de lo malo, de lo justo y lo injusto…”.
Así, solo el ser humano es capaz de cooperar a lo largo del tiempo, de preservar una memoria para las futuras generaciones, en aras de que no se repitan los errores pasados. Además, sólo el ser humano cuida a los más débiles e indefensos. La antropóloga Margaret Mead destacó, como signo distintivo de toda civilización, la existencia de huesos de fémur rotos que fueron curados, porque sólo el ser humano es capaz de los cuidados necesarios para atender a los más vulnerables: en el mundo animal, el ser vulnerable muere sin remedio; en el mundo humano es sujeto de cuidados que buscan evitar el desamparo total.
La política es una actividad común a la persona humana y a los seres espirituales. La divinidad hace política y lo hace también a partir del don de la palabra y del uso de la razón. En diversas teologías y teogonías, la palabra divina aparece como el origen del universo conocido. Por ejemplo, en la Biblia se relata el principio del todo a partir de la palabra: “Y dijo Dios”. Así, sólo la divinidad y los seres espirituales hacen política: no otra es la justicia divina, el gobierno del universo y la providencia divina. De forma análoga, el ser humano imparte justicia terrenal aunque imperfecta, gobierna sobre el mundo conocido y cuida de él.
Nuevamente Efraín González Luna: “El primado del espíritu en la persona exige la acentuación enfática de los valores espirituales como esencia de su afirmación ontológica”. Así, la política, en la perspectiva de Acción Nacional es la actividad más noble, elevada y necesaria, porque posee una indudable naturaleza espiritual. Cierto es que los caminos y carreteras, los puertos y aeropuertos, las leyes y normas, etcétera, son todos productos materiales, pero para su concreción se requiere y exige la concurrencia del espíritu: argumentos, diseños inteligentes, esquemas para la toma de decisiones, etcétera.
Podemos distinguir así entre la Política auténtica (con mayúscula) y la política inauténtica y falsa (con minúscula); esta última convierte a la política en actividad propia de mediocres oportunistas, de vividores malsanos, de delincuentes comunes, de resentidos sociales que lucran con el dolor ajeno, con la división de la sociedad y con los odios sociales arraigados.
Poco antes de morir, el 6 de septiembre de 2023 Juan Pablo Adame Alemán, pronunció un memorable discurso en el Senado, del que destacamos lo siguiente: “Se darán cuenta que… me trato de alejar de toda lógica política en la cual se vea sólo al poder por el poder mismo, por una lógica pragmática, por un ejercicio político sin alma y sin sentido, más que el hecho de obtener lo más que se pueda. Si bien no niego el componente del poder en este quehacer que nosotros tenemos, el poder es para servir y servir a los demás, servir al bien común, pero me atrevo ante ustedes a poner el servicio al prójimo como el motor de la buena política. Entonces… si estamos hechos para estar con el otro, si podemos ver por el otro, si podemos ver que con nuestras acciones podamos hacer política con mayúscula, entonces con ese espíritu debemos desarrollar nuestra vocación, dotándola de elementos que trasciendan nuestra existencia, poder poner al poder nacional al servicio del bien común”.
La Política auténtica, esa que se escribe con mayúscula dignifica, valora y empeña la palabra; crea confianza, unidad y redes de cooperación; se mueve en el medio de lo transparente, de lo visible, de lo luminoso porque como dijo claramente Aristóteles en sus tratados sobre el Alma: “llamo transparente a aquello que es visible… La luz… es el acto de lo transparente en tanto que transparente”. Por ello, la política que se da en lo oculto y lo clandestino no es auténtica: es obra de mafias que convierten a la cosa pública (la República) en el negocio de unos pocos (la cosa nostra).
La Política es una actividad indispensable y superior. Regresemos a González Luna: “No nos sentimos vivir, ser realmente personas, sino cuando, superando la bestia, ponemos en ejercicio lo exclusivamente nuestro”. La Política (con mayúscula) es el camino para superar la bestia que todos llevamos dentro, ese animal intempestivo, salvaje, que sólo mira por su propio bien o por el bien de su clan, sin importar el daño o el dolor causado a otros. Sólo a partir de la Política auténtica superamos nuestra naturaleza salvaje y convertimos la nuda vida en una biografía digna de contarse: “La persona alcanza las últimas fronteras de lo humano, y aun las traspone, cuando por el camino de la caridad equipara el bien ajeno al propio o le hace el sacrificio de éste”.
